El mercado de invierno nació como una solución de emergencia, un salvavidas para corregir errores cometidos en verano o para tapar lesiones inesperadas. Sin embargo, con el paso del tiempo se ha convertido también en el escenario perfecto para algunos de los mayores fracasos del fútbol moderno. Fichar a mitad de temporada implica prisas, sobrecostes y decisiones tomadas más desde la ansiedad que desde la planificación. Y cuando se juntan esos ingredientes, el resultado suele ser decepcionante. Desde que en 1995 se instauró de forma generalizada la ventana invernal, la historia del fútbol está llena de ejemplos que confirman una idea recurrente en los despachos: en enero se paga caro y se acierta poco. Los clubes venden mal, compran peor y muchas veces incorporan futbolistas que no encajan ni deportiva ni mentalmente en un contexto ya en crisis. El problema estructural del mercado de invierno A diferencia del verano, enero no permite construir proyectos. Es un mercado reactivo. Los equipos que buscan refuerzos suelen estar inmersos en dinámicas negativas, con entrenadores cuestionados y plantillas descompensadas. En ese escenario, los clubes vendedores solo aceptan desprenderse de jugadores secundarios o exigen precios inflados por piezas clave. El resultado es previsible: o se paga de más por alguien que no lo vale, o se ficha a un futbolista cuyo rendimiento previo ya era preocupante. Además, la adaptación se vuelve mucho más compleja. No hay pretemporada, el calendario aprieta y el margen de error es mínimo. Un fichaje de invierno que empieza mal raramente tiene tiempo para revertir la situación. Uno de los casos más paradigmáticos de fracaso invernal es el de Philippe Coutinho al FC Barcelona. En enero de 2018, el club azulgrana pagó más de 150 millones de euros al Liverpool por un jugador que debía ser el heredero creativo de Andrés Iniesta. La operación, cerrada a mitad de temporada, estuvo marcada por la ansiedad institucional tras la salida de Neymar. Coutinho nunca encajó del todo, fue desplazado de su posición natural y acabó convertido en símbolo del despilfarro económico del Barça. Su fichaje, además, condicionó gravemente la masa salarial y la planificación deportiva de los años posteriores. En el Real Madrid, el mercado de invierno tampoco ha sido históricamente fértil. El ejemplo más recordado es el de Julien Faubert, fichado en enero de 2009 procedente del West Ham. Llegó como refuerzo de urgencia para el lateral derecho y pasó a la historia por motivos extradeportivos, como aquella imagen durmiendo en el banquillo del Bernabéu. Su impacto fue nulo y su fichaje se convirtió en un símbolo de improvisación en una etapa gris del club blanco. Apuesta desesperada, rendimiento inexistente Otro patrón habitual en los peores mercados de invierno es la contratación de futbolistas que venían rindiendo muy por debajo de su nivel. En lugar de detectar una oportunidad, los clubes asumieron un riesgo innecesario esperando un cambio inmediato de rendimiento. Ejemplos sobran. El de Andy Carroll fichando por el Liverpool en enero de 2011 por una cifra desorbitada para la época...