El color de 2026 es el blanco. Así lo ha decidido la famosa compañía de color para las artes gráficas Pantone, que cada año toma esta decisión. El del año que acaba fue el Mocha Mousse, un marrón cálido, y el del 2024 un melocotón vibrante que bautizaron como Peach Fuzz. Puede parecer irrelevante, hasta anecdótico, pero la elección de este año, bajo el nombre de Cloud Dancer, destaca por encima de los años anteriores, no por su innovación o riesgo, sino por justo lo contrario. Es neutro, adaptable y parece funcionar casi como anestesia, según insinúa la propia compañía. “Presentamos Cloud Dancer , un blanco sublime que sirve como símbolo de influencia calmante en una sociedad que redescubre el valor de la reflexión calmada”, declaran en su web . “Vivimos en una época de transición en la que las personas buscan la verdad, nuevas posibilidades y nuevas formas de vida”, ha asegurado Laurie Pressman, vicepresidenta del Pantone Color Institute al justificar la elección del color. “Sobrecargados y sobreestimulados por nuestra cultura del ajetreo constante, buscamos un respiro y un alivio de la estimulación emocional y física desconectándonos y alejándonos de las incesantes exigencias de la vida cotidiana para rejuvenecernos profundamente a nivel mental, físico y emocional”, ha añadido. Después de revelar la decisión, las redes sociales (como casi siempre) han sido rápidas en dictar sentencia. Los temas de los que hablamos habitualmente evidencian que vivimos al límite de nuestro aguante: las subidas de los precios de la vivienda, la imposibilidad de emancipación –solo un 15,2% de los jóvenes viven independizados–, la continuidad de los trabajos precarios y la sensación de inestabilidad constante ante (también) el contexto internacional, con líderes tan volátiles como Donald Trump o Javier Milei... Y las estéticas lo reflejan. Desde la compañía hablan de calma, pausa y reflexión, ingredientes que se demandan ante esta inestabilidad. Aunque a primera vista puede parecer que no es algo que se vea en el discurso mayoritario, ante la rapidez de los nuevos tiempos y el auge de las tecnologías que permiten realizar casi cualquier acción en solo un clic, la pausa es algo que atraviesa los fenómenos virales que ya llevamos meses observando en las redes sociales. En un artículo de The Guardian, la periodista Eva Wiseman habla del auge de las tradwives y de cómo su éxito se relaciona con toda una generación de mujeres feministas que, aunque han conseguido una supuesta liberación, se encuentran con que no solo tienen que rendir en el trabajo a los ritmos de la maquinaria capitalista, sino que también tienen que llevar la casa y encargarse de los niños, aunque sus maridos autodeclarados feministas también ayuden . Trabajo y cuidados, todo a la vez. Mientras que la mujer trabajadora moderna tiene que tirar de precocinados, la tradwife tiene tiempo de todo, incluyendo hacer la cena desde cero. Ellas tienen, ante todo, calma y pausa, y por eso no podemos dejar de mirarlas, según la periodista. En esta misma línea se sitúa la elección del color blanco como color del año. “El auge del blanco y de todas estas estéticas más minimalistas pueden entenderse como una forma de refugio simbólico ante el contexto también de saturación que estamos viviendo ahora mismo: la crisis económica, política, las guerras, la hiperconectividad y el exceso de todos los estímulos visuales que estamos absorbiendo”, argumenta Lara López Millán, doctora en Historia del Arte y Cultura Visual por la Universitat de València. Patricia Soley, socióloga cultural y autora de ¡Divinas, modelos, poder y mentiras!, premio Anagrama de ensayo del 2015, coincide: “Es una reacción al horror que estamos viviendo. Vivimos guerras muy cercanas, una violencia constante, una sensación de colapso global. En ese contexto, el blanco aparece como un lugar simbólico donde preservar la inocencia, descansar, mantener la esperanza. El blanco no emite, no grita. Está asociado a la luz, a la pureza, al descanso”, matiza. Después de que Pantone dictara sentencia, las revistas de moda han sido rápidas en sacar sus predicciones sobre las tendencias de moda que veremos el año que viene. Entre ellas está, por supuesto, el color Cloud Dancer. Esto –como todo– habla de política. En su libro Códigos de vestimenta: cómo las leyes de la moda hicieron historia, el profesor de derecho de Stanford Richard Thompson Ford asegura que la moda ha servido siempre tanto para mantener las jerarquías sociales y el control político como para desafiarlos y promover nuevos ideales. Parece que, en este caso, la situación representa la primera de las opciones. El color blanco tiene significados que recuerdan a un ideal de mujer que ya pensábamos superado. Según el grupo CAPIRE (Colectivo para el Análisis Pluridisciplinar de la Iconografía Religiosa Europea) de la Universidad Complutense de Madrid, este color se asocia directamente con la pureza o la santidad, dos valores que ya atraviesan sutilmente algunos de los contenidos que consumimos. En los últimos meses, las redes se han convertido en un escaparate para las nuevas estéticas que imperan entre las mujeres, desde los colores más neutros en la moda, como el blanco, el beige o el marrón , hasta el clean look, un moño apretado y tirante con la raya en medio del que no puede escaparse ni un solo mechón. También en el maquillaje, se popularizan más las rutinas sencillas (solo en apariencia) y limpias antes que la sobrecarga de colores, por ejemplo. Más allá de la estética, todo ello se basa en unos productos y cuidados que solo unas pocas pueden permitirse. “Después de la pandemia se ha implantado mucho este minimalismo en la estética femenina. Se presenta como algo natural y sencillo, pero en realidad exige tiempo, recursos económicos y disciplina. Transmite a las mujeres una sensación de control, autocontención y orden” , razona López Millán. Hace ya unos años, la empresaria y socialité estadounidense Kim Kardashian, una de las mujeres más ricas en el mundo según la revista Forbes, enseñó la casa en Los Ángeles que compartía con su entonces marido, el rapero Kanye West. La mansión era completamente blanca, sin color, sin casi muebles y sin nada que no fuera a medida. Toda una muestra de la riqueza y estatus de la pareja. “Kim Kardashian convierte el minimalismo blanco en un ideal aspiracional, pero a nivel global. No se presenta solamente como una vivienda, sino también como una experiencia estética asociada a la calma, a la pureza y, en su caso, lo que quiere también reflejar es un éxito extremo. Su espacio no comunica austeridad, sino lujo. Poder tener una casa así implica no necesitar acumular nada, no tener urgencias materiales y poder también delegar el trabajo doméstico y el mantenimiento”, explica López Millán. Ahora parece que este tipo de estética de minimalismo absoluto se ha traspasado a las clases más humildes. Los bloques cebra –como han sido bautizados en las redes sociales– inundan los paisajes de la periferia con nuevas construcciones que dejan calles y calles de edificios blancos y negros. Su estilo es un intento de modernidad, de pasar de los años ochenta a algo nuevo y atractivo. Sin embargo, esta supuesta modernidad no se traduce en sus construcciones ya que sus materiales permiten construir mucho y con muy bajo coste. “Hay una dimensión aspiracional. Pero también hay algo muy práctico: el blanco con materiales “naturales” es relativamente barato y da apariencia de clase alta con poco dinero. Es una estética que se puede escalar a distintos niveles económicos. Además, interesa al mercado porque los materiales baratos se desgastan rápido y hay que volver a consumir”, asegura Soley. Pero entonces, ¿por qué el blanco y el negro? Son un símbolo, ante todo, de estatus y de una clase social determinada. “En muchos casos estas estéticas neutralizan la identidad estética de los barrios trabajadores. Borran visualmente las huellas de la vida cotidiana, del trabajo y de la historia social del barrio", zanja López Millán.