Como solo fumo un cigarrillo al día (medio, a veces), procuro encontrar el momento más oportuno para ponerme a ello. Al caer la tarde, por ejemplo, libre ya de las tareas de la jornada. Un poco como premio a haber sido capaz de ocupar las horas que van desde el amanecer hasta el crepúsculo sin haber caído en una grave depresión, sin haberme ahorcado, en fin. Primero busco el lugar idóneo; frente a una naturaleza muerta con mosca, pongamos por caso: algo que, sin desviar mi atención del tabaco, me proporcione cierta paz. Más difícil es encontrar la postura adecuada: ni demasiado cómoda, para no perder la conciencia, ni tan incómoda que reste un ápice (signifique lo que signifique ápice) a la acción principal. Tiene que estar todo muy calibrado para que ni un solo segundo de los pocos minutos que dura el encendido estén únicamente concentrados en el hecho de fumar.