Pocas canciones del pop español han retratado la Navidad con tanta ironía, tristeza y lucidez como El espíritu de la Navidad de Los Planetas. Lejos del imaginario festivo y luminoso asociado a estas fechas, el grupo granadino construyó una de las letras más incómodas y reveladoras de su repertorio: una postal invernal atravesada por el vacío emocional, el consumo y la dificultad de encajar en un mundo que celebra mientras muchos se sienten más solos que nunca. Publicada en 1998 dentro de Encuentros con entidades, El espíritu de la Navidad es una pieza clave para entender la sensibilidad de Los Planetas en su etapa de consolidación artística. La canción utiliza la iconografía navideña como telón de fondo para hablar de aislamiento, hastío y anestesia emocional, conectando de forma directa con una generación que vivía las fiestas más como un ritual social impuesto que como un refugio afectivo. La realidad del calendario A finales de los noventa, Los Planetas ya eran el grupo central del indie español, no solo por su impacto musical, sino por su capacidad para capturar estados de ánimo colectivos. Tras Super 8 (1994) y Pop (1996), la banda había afinado un lenguaje propio: guitarras densas, melodías hipnóticas y letras cada vez más introspectivas. Encuentros con entidades apareció en 1998 como un lanzamiento especial que reunía caras B, rarezas y temas publicados fuera de los álbumes de estudio. En ese contexto, El espíritu de la Navidad funcionaba casi como una anomalía: una canción ligada a un momento concreto del calendario, pero con un contenido que iba mucho más allá de lo coyuntural. España vivía entonces una etapa de aparente estabilidad económica y optimismo institucional. La cultura del consumo estaba plenamente normalizada y la Navidad se había consolidado como uno de sus grandes escaparates. Frente a ese clima, Los Planetas ofrecían una mirada opuesta: íntima, cansada y profundamente escéptica. El espíritu de la Navidad no es una canción sobre celebraciones, sino sobre la imposibilidad de participar en ellas. La voz narradora se sitúa en un margen emocional claro: observa el entorno festivo, pero no logra conectar con él. No hay euforia ni nostalgia idealizada, sino una sensación de desconexión persistente. La letra transmite apatía, hastío y una tristeza sin dramatismo, más cercana al agotamiento que al dolor explícito. La Navidad aparece como un momento en el que todo se intensifica —las luces, las expectativas, los mensajes de felicidad— y precisamente por eso se vuelve más difícil de soportar para quien no encaja en ese estado de ánimo colectivo. El consumo, tanto material como químico, atraviesa el relato como un intento fallido de llenar ese vacío. No se presenta como solución ni como condena moral, sino como parte del paisaje emocional del narrador. El imperativo de la felicidad El gran acierto de la canción está en el uso irónico del propio concepto de "espíritu". Aquello que tradicionalmente se asocia con valores positivos —calor humano, unión, esperanza— aparece aquí desactivado, casi ausente. La Navidad funciona como escenografía artificial, un decorado brillante...