Rubia inmortal

La anomalía del mito no es que muera, sino que viva, por mucho que el mito se eleve por encima de esos dos estados tan vulgarmente humanos. Cuando bastan dos letras para saber de quién estamos hablando, estamos ante uno de los grandes. El mérito de B.B. fue sobrevivirse a sí misma e irse de este mundo por el peso inexorable de sus 91 años de edad y no por la depresión, la cirrosis o la sobredosis. No todos lo consiguen. No lo hicieron Maradona, ni Marilyn, ni Lennon, ni Dalida. Retirarse en toda su gloria a los 39 y que todo el mundo siga guardando de ti esa imagen fresca y juvenil, esa belleza provocadora y casi insultante, una de la que la República y el mundo se quisieron apropiar, requiere mucha personalidad. Saber irse en lo más alto cumplida una función simbólica para la que nadie la preparó, pero que ella entendió perfectamente, está al alcance únicamente de aquellos que no necesitan del ego para subsistir, de los elevados de espíritu. Primero se entregó a la Humanidad, y luego a sus animales, sin por ello dejar de ser ella misma. Bardot fue el rostro y el cuerpo de una Francia que se quitó el corsé de hija primogénita de la Iglesia para ser la punta de lanza de la revolución sexual de los 60. Se hizo cuerpo en una película de título tan irreverente como atractivo (“Y Dios creó a la mujer”, 1956) en algún momento entre la batalla de Dien Bien Phû y la de Argel, por obra y gracia del que luego sería su marido, Roger Vadim. Gracias a Bardot, Francia vivió el fin de su imperio colonial con menos pena. Perdió Indochina y perdió Argelia, pero la tenía a ella como Afrodita y a Delon como Apolo. Frente a ese espejo, uno vive su 98 de otra manera. Nosotros teníamos a Unamuno y Baroja. Y nos derrumbamos, como no podía ser de otra manera. Sólo levantamos cabeza cuando llegaron las suecas. Pasado el trauma de la Ocupación y de la descolonización, Francia se encomendó a sus nuevos mitos con fe ciega. Con el Plan Marshall y BB tenía combustible para cincuenta años. Ese paganismo hedonista de posguerra se hizo rito en el cine y en la música, con la ligereza de unas películas que buscaban exaltar lo bello sin dejar de proclamar un cierto existencialismo en boga en la época y de unas canciones que llamaban al amor, pues la belleza se traduce en nuestra mente como libertad, y el amor, como futuro. Bardot le dio un aire cool a la V República, que bajo De Gaulle no dejaba de ser una autocracia constitucional a su medida. Fue una mensajera del porvenir para las mujeres, un sangabriel que les anunciaba que podían ser ellas las que fijaran las reglas, y no sus confesores ni sus maridos. Habrá quien piense que, como sex-symbol que fue, su papel se limitó a satisfacer la lascivia de los hombres, a alimentar su deseo. Vive Dios que lo hizo, pero, como durante el destape en España, lo que sobre todo hizo BB fue emprender una guerra de liberación moral que acaso había iniciado Marilyn, por mucho que muriera en el intento. Hay algo profético en ellas. Tuvieron que surgir esos cuerpos para que sus dueñas los reclamaran como propios con una actitud seductora y desafiante nunca vista hasta entonces. Lo compartía con quien le venía en gana, como queda deliciosamente demostrado en ese mítico diálogo con Michel Piccoli en "El desprecio" (1963) -­“Mis pechos, ¿te gustan?; ¿Prefieres mis pechos o la punta de mis pechos?”-, que en España se estrenó diez años después y se dobló de modo mucho más pacato para no escandalizar al personal. BB consiguió que el suyo fuera patrimonio nacional y que "Marianne", la representación marmórea de la República, llevase su rostro. Cincelada en un busto, la musa se hizo ley. A partir de ahí, Francia dejó atrás todo un acervo de moralidad algo provinciana, haciendo gravitar su eje ontológico de la sacralidad de Reims al bullicio mundano de Saint-Tropez, siguiendo el vuelo de la melena rubia y de la pollera blanca de Brigitte Bardot.