Sea o no cierto que en toda victoria acechan escondidas larvas de derrota, y que en todo fracaso habita la esperanza, lo indiscutible es que, a menudo, un éxito descomunal malogra una trayectoria prometedora. En este tiempo superlativo, en la hora de las hipérboles y el populismo que no cesa, casos como el de James Cameron deberían ser objeto de estudio. Hijo del sueño americano, envenenado por la ciencia ficción y practicante convencido de la máxima circense del "más difícil todavía", su filmografía apabulla... por lo que recauda. Lo curioso es que este director arquetípico del cine de Hollywood no nació en EE.UU. sino en la vecina Canadá, ese país al que Trump quiere colonizar como a la inmensa mayoría de naciones que ni le quieren ni le necesitan.