'Cazan' y pesan, por primera vez, a un planeta errante que vaga en solitario por la galaxia

Son planetas oscuros y solitarios, mundos que no conocen la luz del día, ni tampoco el calor de una estrella cercana. Vagan en soledad a través del inmenso vacío interestelar, y los astrónomos saben desde hace tiempo que la Vía Láctea, nuestra galaxia , está poblada por una auténtica legión de ellos. Los llaman 'planetas errantes', o 'vagabundos', y su detección ha sido, hasta ahora, uno de los mayores dolores de cabeza de la astrofísica moderna. Sin embargo, un equipo internacional de astrónomos, liderado por Subo Dong, de la Universidad de Pekín, acaba de lograr un hito que cambiará para siempre nuestra forma de entender estos mundos oscuros . Por primera vez, y gracias a una ingeniosa combinación de observaciones desde la Tierra y el espacio, ha sido posible medir directamente la masa y la distancia de uno de estos planetas errantes. Y lo que nos dice este hallazgo, recién publicado en 'Science', es que estos vagabundos no nacieron en soledad, sino que fueron expulsados de sus hogares, de sistemas solares como el nuestro. ¿Cómo se puede encontrar algo que no emite luz, que está rodeado de oscuridad y que además se encuentra extremadamente lejos? La mayoría de los exoplanetas que conocemos, los miles de mundos que orbitan alrededor de otras estrellas, se detectan porque pasan por delante de ellas y atenúan un poco su brillo (método del tránsito) o porque hacen que su sol se 'tambalee' ligeramente con su gravedad. Pero un planeta errante no tiene estrella. Es invisible. Y solo se delata a sí mismo a través de un fenómeno predicho por Einstein hace más de un siglo y llamado 'microlente gravitacional'. Y es que cuando uno de estos planetas pasa fortuitamente justo por delante de una estrella lejana (vista desde la Tierra), su gravedad actúa como una lupa, deformando el espacio y amplificando brevemente la luz de esa estrella de fondo. Es un destello fugaz, un guiño en la oscuridad que puede durar apenas unas horas o días. El problema es que, hasta el día de hoy, esa señal ha sido siempre excesivamente ambigua. «Una de las principales limitaciones de este método de descubrimiento -escriben los autores en su estudio- es que no puede determinar la distancia a estos planetas, lo que dificulta la medición de su masa». Dicho de otro modo: al ver el destello, los astrónomos no saben si están viendo un objeto muy masivo y lejano, o uno pequeño y cercano. Las matemáticas, de hecho, arrojan el mismo resultado para ambos escenarios. Se trata de una suerte de 'degeneración' en los datos que nos deja a ciegas sobre la verdadera naturaleza del objeto. Hasta ahora. Para romper esa ambigüedad, Dong y su equipo utilizaron una estrategia totalmente nueva: observar el mismo evento desde dos lugares muy diferentes y al mismo tiempo. El evento de microlente, bautizado técnicamente como KMT-2024-BLG-0792 (u OGLE-2024-BLG-0516), fue captado por telescopios terrestres de rastreo masivo, como el experimento OGLE y la red coreana KMTNet. Pero la clave fue que, simultáneamente, el telescopio espacial Gaia de la Agencia Espacial Europea también estaba mirando. Gaia no está cerca. Se encuentra en el punto de Lagrange L2 (uno de los cinco en que la gravedad del Sol se equilibra con la de la Tierra), a 1,5 millones de kilómetros de nosotros. Esa gran distancia proporcionó a los científicos una 'visión estereoscópica'. Al igual que nuestros dos ojos nos permiten percibir la profundidad gracias a la ligera diferencia de ángulo con la que ven un objeto, la separación entre la Tierra y Gaia permitió medir el 'paralaje de la microlente'. Así, y gracias a las sutiles diferencias en el momento exacto en que la luz amplificada llegaba a la Tierra y a Gaia permitieron triangular la posición del objeto. Fue pura geometría celeste, pero aplicada a una escala monumental. Los resultados son extraordinariamente precisos. El planeta errante tiene aproximadamente el 22% de la masa de Júpiter, lo que lo sitúa en una categoría similar a nuestro Saturno. Además, se encuentra a unos 3.000 pársecs (casi 10.000 años luz) del centro de la Vía Láctea, hacia el bulbo galáctico. El dato de la masa, además, nos permite reconstruir la historia de su nacimiento. En el Universo hay varios tipos de objetos que 'viajan solos', entre ellos las enanas marrones (estrellas fallidas), que pueden formarse en solitario por el colapso de nubes de gas, igual que las estrellas normales, pero sin llegar nunca a tener la suficiente masa para encender un horno nuclear y convertirse en estrellas propiamente dichas. Si el nuevo planeta errante hubiera sido más masivo (varias veces la masa de Júpiter), podría haberse formado así, en aislamiento. Pero al ser tan 'ligero' (comparable a Saturno), la física nos dice que es casi imposible que se formara en solitario en el vacío. Dong y sus colegas argumentan que «probablemente se formó dentro de un sistema planetario, en lugar de en aislamiento como una estrella pequeña o una enana marrón». Lo cual significa que este mundo nació alrededor de una estrella, y que probablemente tuvo uno o varios 'hermanos' planetarios. Pero entonces, ¿qué pasó? La respuesta corta es 'violencia gravitatoria'. Los modelos, de hecho, sugieren que estos planetas de baja masa pueden ser expulsados de sus lugares de origen a causa de 'trastornos' gravitacionales. Es como una gigantesca partida de billar, en la que tanto la colisión con algún planeta vecino como la inestabilidad causada por tener dos estrellas madre (un sistema binario), pueden acabar propinando una 'patada gravitatoria' a estos mundos, lanzándolos al exilio interestelar. De hecho, los investigadores notaron que este planeta en concreto se mueve a una velocidad relativa muy alta comparada con las estrellas de su entorno. Y eso refuerza la teoría de una eyección violenta, posiblemente desde un sistema circumbinario (un planeta que orbitaba dos estrellas), donde las inestabilidades son más frecuentes y poderosas. El hallazgo es especialmente importante porque sitúa al nuevo planeta errante en una zona que los astrónomos llaman el 'Desierto de Einstein', una curiosa 'brecha' identificada hace ya tiempo en los datos de microlentes. Había detecciones de objetos muy masivos (estrellas y enanas marrones) y también señales de objetos muy pequeños... pero había un vacío intermedio. Este nuevo mundo cae justo en el lado de los objetos de masa planetaria, confirmando que existe una población distinta de cuerpos que no son estrellas fallidas, sino auténticos planetas desterrados. A partir de ahora, según los autores, las observaciones simultáneas desde el espacio y la Tierra de eventos de microlente podrían aplicarse en la planificación de futuras misiones exploratorias y podrían conducir a una mejor comprensión de cómo se forman los planetas en toda la Galaxia. Con todo, esto es solo la punta del iceberg. Hasta la fecha solo hemos detectado un puñado de estos vagabundos espaciales, pero se sospecha que sólo en la Vía Láctea podría haber miles de millones de ellos, incluso más que el número total de estrellas. La hora de la verdad llegará en 2027, con el lanzamiento del Telescopio Espacial Nancy Grace Roman de la NASA. Este nuevo observatorio, diseñado específicamente para cazar exoplanetas mediante microlentes, barrerá enormes franjas del cielo con una velocidad y precisión mil veces superiores a las del Hubble. De modo que si ahora celebramos la detección y medición precisa de uno solo de estos mundos, el telescopio Roman promete entregarnos un censo de miles de ellos. Hasta entonces, este solitario mundo del tamaño de Saturno nos recuerda que el espacio entre las estrellas no está vacío, sino lleno de mundos huérfanos, invisibles y silenciosos, que guardan en su masa y velocidad la memoria del violento nacimiento de los sistemas solares. Hoy, por primera vez, hemos conseguido ver a uno de ellos tal y como es.