A falta de algunos flecos inesperados de último momento, pronto se rubricará el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, el mercado común de los países sudamericanos. El papel abre las puertas de par en par a los productos agrarios de aquella región del mundo para que inunden nuestros supermercados, ante la ira lógica de los agricultores y ganaderos españoles. España ha sido durante décadas una potencia mundial del sector primario, con pesca, ganadería y agricultura de primera, cosa que Felipe González se encargó de finiquitar a las órdenes de los mandamases de Francia, que dirigían el continente. Ahora llega otro obstáculo mayor: la competencia desleal de países que no cumplen con ninguna de las regulaciones que sí se les exigen a los nuestros. Dice la prensa que Europa deberá reforzar sus fronteras frente a pesticidas, antibióticos y hormonas presentes en los alimentos que nos va a meter con calzador. Ya ocurre con lo que traemos de Marruecos, más barato, pero seguramente veneno puro con el que los empresarios del ramo obtienen mayores márgenes de beneficio. Los expertos del mundo de la salud están aterrorizados porque el cáncer se diagnostica cada vez en personas más jóvenes, incluso quienes se cuidan y llevan una vida saludable. La clave está en que vivimos en una burbuja de veneno, lo que respiramos, comemos, bebemos... nos untamos en la piel, nos rociamos cada mañana. Y eso con los estrictísimos controles europeos. Cuando entre a mansalva la comida tóxica del sur esa estadística fatídica no hará más que dispararse. Algunos conspiranoicos creen que hay una mano negra que exige reducir la población mundial. Quizá no sea eso, simplemente que los de siempre quieren ganar más pasta.