Como hace ya tiempo que en vacaciones no decido sola qué se ve en la televisión por la noche, me he acostumbrado a regalarme algunas de mis películas favoritas a esas horas extrañas en que me despierto. Solo puedo hacerlo en Navidad o verano, porque el resto del año el trabajo, la lectura o la escritura reclaman su parte y hay que corregir, preparar clases, devorar un libro hasta saciarse o hasta que empiecen a doler los ojos, empezar una columna o una línea que lleva a otra y a otra, en el telar eterno en el que andamos todos enredados. Así alterno por las noches series de intriga y películas de aventuras con clásicos en blanco y negro que, a las seis de la mañana, con la niebla fuera, te transportan a un lugar perdido que sigue siendo tuyo aunque ya no puedas volver.