Entramos en esa época del año en la que el cuerpo pide abrigo y el alma, un fuego encendido. Cuando invierno se asoma en la provincia de Málaga, pocas cosas resultan tan reconfortantes como el crepitar de una chimenea y un buen plato sobre la mesa. En estas fechas, la provincia ofrece un puñado de restaurantes donde el calor de la leña se convierte en parte esencial de la experiencia, envolviendo la comida en ese ambiente que recuerda a casa, al campo y a los días tranquilos. De la Vega de Antequera a la Axarquía, pasando por la sierra y la Málaga más rural, el mapa malagueño está salpicado de ventas, casas de comidas y restaurantes donde el fuego sigue siendo protagonista. En ellos, la madera se consume lentamente mientras llegan a la mesa cazuelas, asados, guisos y carnes a la brasa que calientan también por dentro. Negocios con historia como Arte de Cozina (Antequera), El Gamonal (Marbella), Atalaya (Comares), Casa Navarra (Mijas), Venta La Parra (Alcaucín) o el Caserío de San Benito (Antequera) son algunos de esos refugios gastronómicos donde el fuego marca el ritmo del comedor y el paisaje malagueño se disfruta sin prisa, plato a plato. Porque más allá del frío —que aún no ha llegado del todo—, lo que apetece en esta época es detenerse un momento, sentir el calor del hogar y saborear los días más cortos del año. Desde GURMÉ Málaga, siguiendo las pistas gastronómicas de nuestro editor, Carlos Mateos, proponemos esta sabrosa ruta para disfrutar los próximos meses. En el corazón de Antequera, Charo Carmona ha hecho de esta casona del siglo XVII un templo de la cocina tradicional andaluza. En Arte de Cozina , la chef rescata recetas con siglos de historia y las comparte con sus comensales para que no se pierdan: porra de naranja, ajoblancos, olla de castañas o el chivo lechal malagueño son solo algunos ejemplos del legado que la chef rescata y actualiza con mimo. Su cocina gira en torno al producto local —de la vega antequerana, la sierra o la costa— y a una filosofía que honra la memoria gastronómica de Málaga. Todo acompañado por una excelente selección de vinos locales y una carta de cervezas artesanas. Ubicado en un antiguo cortijo andaluz de más de un siglo, El Gamonal es uno de los restaurantes más consolidados de la Costa del Sol. Fundado en 1992, combina el encanto de una casa de campo con una cocina mediterránea que respeta el producto y la tradición. Sus especialidades son los asados al horno y a la parrilla —cordero lechal, cochinillo o pescados a la brasa—, acompañados de verduras procedentes de su propia huerta ecológica. Además de restaurante, El Gamonal funciona como finca para bodas y eventos, con amplios jardines y espacios exteriores que se adaptan a celebraciones durante todo el año gracias al microclima de Marbella. Con su ambiente cálido, sus amplios salones rústicos y su servicio cercano, es uno de esos lugares donde refugiarse durante la temporada más fría del año. Emblema de la Axarquía y referente del turismo rural malagueño, Atalaya acaba de iniciar una nueva etapa, pero sin perder su esencia. Tras casi tres décadas gestionado por la familia Robles, el restaurante —junto a su pequeño hotel— ha pasado a manos de los empresarios Pedro Blanco (Posada del Bandolero, en El Borge) y Samuel Larriba, que han invertido en su renovación sin alterar su alma tradicional. En la cocina sigue Eva Robles, responsable de algunos de los platos más recordados del lugar, como las migas o el chivo en salsa de almendras. A ellos se suman ahora nuevas incorporaciones inspiradas en la Posada del Bandolero, como el bacalao con vino dulce y pasas, el solomillo a la moscatel o la ensalada Axarquía, con aguacate y mango de la zona. El restaurante conserva su decoración rústica y sus dos chimeneas encendidas en invierno , que aportan calor y carácter a un salón con vistas panorámicas a la comarca. Un espacio donde se respira Axarquía por los cuatro costados: en la carta, en los vinos —la mitad malagueños— y en ese ambiente sereno que solo ofrece el llamado Balcón de la Axarquía. A medio camino entre Mijas y Fuengirola , Casa Navarra es uno de esos lugares donde el frío se combate con brasas, buena carne y el aroma del norte. Fundado en 1990 por Carlos y Merche, este asador clásico se ha convertido en un punto de encuentro para quienes buscan una cocina vasco-navarra auténtica en plena Costa del Sol. El restaurante, amplio y acogedor, cuenta con varios salones y chimenea , lo que lo convierte en un refugio perfecto para los días de otoño e invierno. En su carta destacan los grandes platos del Cantábrico —bacalao al pilpil, kokotxas, merluza a la vizcaína— junto a una magnífica selección de verduras de temporada como los cardos con jamón o las alcachofas con almejas. La chuleta a la parrilla es, sin duda, su plato más emblemático, pero también brillan sus pochas navarras y los pescados a la brasa. Tradición, fuego y producto de primera se dan la mano en un espacio que invita a disfrutar con una copa de vino. Justo antes de llegar a Alcaucín —o al salir, según desde dónde se mire—, Venta La Parra es una parada obligada para quienes buscan una comida casera con sabor a sierra. Con años de historia y unas vistas que abarcan buena parte de la Axarquía, esta venta mantiene vivo el espíritu de la cocina tradicional malagueña. Su carta recorre el recetario más clásico con platos de cuchara y brasas encendidas. No faltan la olla de habichuelas con coles, el morrete de Alcaucín, el cordero al horno o el chivo lechal, emblemas de una cocina sencilla pero muy cuidada. En temporada, las migas completas se convierten en uno de los mayores reclamos, servidas con productos de la tierra y ese toque casero que caracteriza al lugar. Entre sus paredes de piedra y madera se respira el ambiente cálido de las ventas de toda la vida: el murmullo de las conversaciones, los aromas de guiso y la sensación de que el tiempo se desacelera justo antes del café. En plena Vega de Antequera , rodeado de olivares, el Caserío de San Benito es una casa de comidas con alma de cortijo y vocación de refugio. Fundado en 1991, este restaurante ocupa una antigua vivienda del siglo XVIII cuidadosamente restaurada, donde cada detalle —desde las vigas de madera hasta los cántaros de barro— respira historia y tradición. La cocina, guiada por el respeto al recetario local, rinde homenaje a los platos de cuchara y los guisos lentos. En su carta conviven los grandes clásicos antequeranos —porra, migas, potajes, arroz con conejo o olla de habichuelas— con carnes a la brasa, como el chivo lechal malagueño, el cordero o el entrecot de vaca madurada. Todo con el sello de una cocina que sabe a campo y a paciencia. En los días fríos, el calor se concentra en torno a sus chimeneas encendidas y a los braseros bajo las mesas, una costumbre que el Caserío conserva como parte de su identidad. El ambiente es hogareño, con tres salones amplios donde las conversaciones se mezclan con el aroma a leña y a guiso. El final perfecto lo ponen sus postres caseros —bienmesabe antequerano, gachas o arroz con leche— y una copa de vino dulce que prolonga la sobremesa. Un viaje a otra época, pero con el sabor intacto de lo auténtico.