Las películas invisibles y las listas de lo que nadie vio

David Mackenzie es un barbudo británico cuyo nombre, a usted, con razón, no le dirá nada. En el cartel de sus películas, el apellido está siempre eclipsado por el del actor contratado para interpretar el papel que le han escrito. Mackenzie es uno más de la lista de directores que son más obreros que estrellas, cineastas que se dedican a sacar proyectos como sea y a los que las productoras y distribuidoras ocultan bajo el recuerdo de su obra pasada: «Del director de aquella película que usted vio hace 10 años llega ahora esta nueva película que protagoniza Tom Cruise». Son figuras ocultas que hasta la pandemia se encontraban con el público en los grandes cines. Tipos como Mackenzie, Edgar Wright , Lasse Hallström, Francis Lawrence, Marielle Heller, Adam McKay, Doug Liman, Scott Cooper y hasta Stephen Frears (que desde la pandemia se ha centrado en miniseries) tenían su hueco en la pantalla grande y entre cierta cinefilia. Pero su tiempo ya acabó tras la distopía de las mascarillas, la distancia de seguridad y los cines vacíos. Ahora, sus películas se desvanecen en las carteleras saturadas, donde nada que no sea un éxito instantáneo dura más de tres semanas y donde el público de este tipo de cineastas, un espectador adulto, que busca películas de género y entretenidas y que se fía de la crítica tradicional, se ha quedado huérfano. Todo esto viene porque el barbudo de Mackenzie, que fue el director de ' Comanchería ', la película independiente más taquillera de 2016 en España (un éxito que resucitó el wéstern sin aditivos de modernidad ni revisionismo que otros impusieron después), acaba de estrenar en Movistar Plus+ ' Relay ', un thriller de espías canónico e hiperentretenido sin necesidad de artificios. En realidad, 'Relay' se estrenó en España el 26 de septiembre, con la prensa de cine en el Festival de San Sebastián y el público a otras cosas. Aquel estreno en salas fue un fracaso: no se enteró nadie. Apenas vieron 'Relay' 4.733 espectadores para una recaudación de 26.255 euros. Una ruina que no alcanzaría ni para pagar al estilista de Lily James durante el rodaje. 'Comanchería', que en 2016 estuvo en el top tres de las mejores películas del año para ABC, superó de largo el millón de euros. El wéstern era mejor película que el thriller de 2025, pero, y perdonen el atrevimiento, si 'Relay' se hubiera estrenado en 2016 y 'Comanchería' este septiembre, las cifras de recaudación no cambiarían. Es lo que hay: el fin de una época para este tipo de películas. Como 'Relay', ahora entre lo más visto de Movistar Plus+, películas como 'Warfare: tiempo de guerra' vivieron una explosión similar tras su paso a la plataforma. En el caso de la cinta de Alex Garland, fue Prime Video en la que se situó entre lo más visto, en contraste con los apenas 73.000 espectadores que pasaron por taquilla. Le ha ocurrido lo mismo a otra gran película, 'La larga marcha', que se estrenó en octubre y apenas ha estado seis semanas en cartel para un total de 48.978 espectadores. Igual que 'The Running Man', de Edgar Wrigh t y con un elenco estelar, que vendió 65.000 entradas. Cuando lleguen en unos meses a la plataforma, se convertirán en una de las más vistas. Es el sino de estos tiempos donde para que alguien apague la tele y vaya a una sala de cine -más allá de los fijos, que cada vez son menos- tiene que estar ante la sensación de un 'evento', de no querer perderse esa película 'delaquetodoelmundohabla'. Pasó, por suerte, con 'Sirat' o con 'Los domingos' en el caso de títulos españoles, o con 'Weapons' en el género de terror. Pero poco más. Hasta la pandemia, las películas independientes de público adulto se acercaban al millón de euros con relativa facilidad en cuanto tuvieran un nombre potente y la prensa hablara de ellos. Ahora, ese público adulto se guarda la recomendación para cuando se estrene en 'streaming'. Porque todavía, aunque a algunos les pese, la prensa sigue haciendo de prescriptor. Más que las redes sociales, menos -quizá- que el algoritmo. Así llegamos a las listas de lo mejor del año, que no dejan de ser una forma como otra cualquiera de jugar a la prescripción con menos esfuerzo y mejor resultado. Hay una frase que dijo Jorge Carrión hace casi una década que resume todo esto: «La lista es un formato de falso periodismo cultural». Vicente Monroy, en X, expuso hace poco: «Me gustan las listas de mejores películas del año porque dicen muy poco de las películas pero mucho de quien las firma: dónde sitúa el centro del cine, de qué mecanismos de legitimación es esclavo -festivales, premios, autores, narrativas oficiales- y desde dónde mira el mundo». Si comparásemos las listas de lo mejor del año de algunos críticos con las películas a las que dieron cuatro estrellas apenas unos meses antes, veríamos que vivimos en una simulación donde las modas -y las amistades- vertebran más las reseñas que el criterio propio. Pasa lo mismo en la literatura y se multiplica en las series. Todo es el ahora, el ya, el quedar bien recomendando esa película que yo vi antes que tú en aquel festival y que, tres meses después, cuando hasta el frutero dice que es magnífica, yo ya digo que está sobrevalorada, que la buena es esa que solo tiene una nominación al Oscar porque los académicos saben menos que yo. Mientras, los cineastas que hasta hace no mucho llevaban a cientos de miles de personas al cine se conforman con encontrar una segunda vida en las plataformas, lejos ya de cualquier oportunidad de colarse en las listas con lo mejor del año. Pero, en realidad, ¿quién querría estar ahí?