Logros y retos

Llega un año nuevo. Cuántas cosas pasan por mi cabeza en estos momentos. Pero todas ellas, a la postre, se resumen en dos operaciones sucesivas: análisis de lo sucedido y síntesis. En una palabra: balance, hacer recuento de cómo han sido las cosas. Y aquí hay dos temas a destacar: logros y retos. Logros son los resultados alcanzados. Miramos al pasado y valoramos lo conseguido. Es importante distinguir entre metas y objetivos. Las metas son demasiado amplias, un poco difusas, de perfiles desdibujados. Los objetivos son medibles, superconcretos. Por ejemplo, alguien dice «me propongo como meta en este 2026, tener más cultura», eso es algo demasiado impreciso; el objetivo es «me propongo leer dos libros al mes». Valorar las cosas que uno ha conseguido es importante y produce un caleidoscopio de sentimientos positivos: alegría, satisfacción, recompensa, y una elevación del autoestima, porque soy capaz de que mis sueños (concretos) se hagan realidad. Paseo la mirada por estos paisajes psicológicos. Me abro paso entre masas de pensamientos y en ese bosque espeso me detengo en un río, en un monte, en un valle… Y veo el águila bicéfala que mira hacia el pasado y hacia el futuro que serpentea su mirada hacia detrás y hacia delante. Las fronteras entre los argumentos fundamentales del ser humano se hacen difusas, etéreas, desdibujadas, borrosas, vaporosas. Es la apoteosis de la movilidad de los cuatro grandes temas de la existencia humana. Lo veremos enseguida, la madurez es un tema poliédrico. Los psicólogos y los psiquiatras bajamos al sótano de la persona para estudiar los mecanismos que dirigen su comportamiento en el día a día. Los retos son objetivos medibles que nos ayudan a crecer como seres humanos. Miran hacia el futuro. Y hay un binomio esencial para irlos consiguiendo: motivación y voluntad, ilusión y capacidad para superar las dificultades. Hacer balance significa arqueo de caja, es decir, exploración de cómo ha ido el año y aquí exploramos nuestro proyecto de vida que debe tener cuatro piezas esenciales en su interior: amor, trabajo, cultura y amistad. Y como telón de fondo, las aficiones: el reposo del guerrero cuando deja su actividad laboral. La vida es abierta, incompleta, provisional, interminable, siempre por hacer, que nunca está finalizada ni concluida. Por eso la vida es, de algún modo, imprevisible; de ahí su carácter dramático: siempre puede ocurrir cualquier cosa. El hombre está siempre en continua interrogación de sí mismo, resolviéndose como problema. Hoy vivimos en la cultura de la inmediatez. Un chico joven dice: lo quiero todo y lo quiero ya, y no quiero aplazar las recompensas. Y esto conduce a algo de lo que me gustaría llamar la atención: se cambia el sentido de la vida por sensaciones, que son experiencias placenteras puntuales una detrás de otra, y esto produce una dispersión, un estar desparramado. Yo fomento desde hace mucho tiempo la cultura del esfuerzo, que consiste en trabajar la voluntad como pieza esencial de nuestra ingeniería psicológica. La voluntad es más importante que la inteligencia. Si uno tiene educada la voluntad, sus sueños se hacen realidad. La voluntad es la joya de la corona de la conducta, y el que la tiene posee un tesoro. La vida es la gran maestra. Vivir es aprender. Vivir es hacer algo que merezca la pena con la propia vida, cada uno según sus posibilidades y puntos de partida. Y lo más grande es poner amor e ilusión en las tareas que uno lleva hacia delante. Todo se ha vuelto hoy rápido, vertiginoso, inmediato, urgente. Es la exaltación de lo efímero. Todo se contempla a corto plazo. Invito a mis lectores a tener perspectiva en la vida personal. Ser capaz de tener una visión larga de la propia biografía. Mirar por elevación. Poner las luces largas y no quedarse uno estancado en vivencias negativas, en fracasos, en errores, en derrotas o en decepciones. He visto derrotas de cierta importancia que, al cabo de un tiempo, se han convertido en autenticas victorias. La derrota enseña lo que el éxito oculta, y le damos la vuelta a los hechos: hay derrotas que se tornan en trinfos. Lo que te ayuda a crecer como ser humano son los fracasos. A muchos les despertó una derrota importante y a otros los adormeció un éxito temprano. Lo voy a decir de un modo más rotundo: los que pierden, ganan. Y para eso hay que utilizar bien el corazón y la cabeza. Los instrumentos afectivos y las herramientas intelectuales. Decía José Ortega y Gasset «yo soy yo y mi circunstancia… y mi vida es la realidad radical». Decía Julián Marías que la vida humana se caracteriza por una «pluralidad de trayectorias entrelazadas de argumentos». Decía Sigmund Freud, el padre del Psicoanálisis, que una persona equilibrada es «capaz de unificar los instintos básicos (el ello), las normas sociales y éticas (el 'superyo'), y la realidad, lo que está objetivamente delante de nosotros». Decía Camilo José Cela, «el que resiste, gana». Quiero terminar hablando de la felicidad. La felicidad es una vida lograda, que significa haber intentado sacar el máximo partido de nuestras posibilidades, pero sin pedirle a la vida lo que no nos puede dar. Una felicidad razonable. Una buena relación entre lo que uno ha deseado y lo que uno ha conseguido. Administración inteligente del deseo. Acabo de dar un curso sobre la felicidad en México y explicaba a los asistentes que hoy existen escalas de evaluación de conducta diseñadas por psicólogos y psiquiatras que, mediante cuestionarios bien elaborados y validados, cuantifican el grado de felicidad que una persona tiene. La felicidad consiste en la mejor realización de nuestro proyecto personal. Y aquí exploramos dos piezas claves: personalidad y proyecto de vida. Y la coherencia, que es una buena relación entre la teoría y la práctica, entre lo que uno dice y lo que uno hace, y que se convierte en el puente levadizo que nos conduce al castillo de la felicidad. La felicidad es el sufrimiento superado. Y la infelicidad es un sótano sin vistas a la calle. La felicidad es plenitud y olvido de lo negativo, logros partido por expectativas.