Gustavo Sainz vivió entre el olvido y la memoria: Gerardo Bustamante

Josefina Estrada (JE): Gerardo, cuéntame, cómo surgió tu interés por Gustavo. Cómo se desarrolló tu cercanía con él.Gerardo Bustamante (GB): Conocí a Gustavo en el 2007. Yo era estudiante del doctorado en Letras en la UNAM y estaba recopilando testimonios, investigaciones y entrevistas sobre Elías Nandino para mi tesis. Sabía que Gustavo fue una pieza clave para la escritura de la biografía de Enrique Aguilar sobre Nandino; inicialmente, Sainz la iba a escribir, pero optó por encomendarla a uno de sus colaboradores de la Dirección de Literatura del INBA. Me interesaba entender el proceso que llevó a malos entendidos e inconformidades del doctor Nandino a un trabajo que no le satisfizo y desacreditó escribiendo su autobiografía titulada Juntando mis pasos, que se publicó de manera póstuma, justo a los cien años del nacimiento del autor. En octubre de 2007, le organicé un homenaje a Nandino en Guadalajara, en la Capilla del Carmen, e invité a Sainz. Mi primera impresión fue su inobjetable aceptación. Y no solo eso, sino que me dijo que él tenía correspondencia con medio mundo y que había unas cartas que le dio a Alejandro Zenker para que hiciera un número sobre Elías Nandino. Sainz aceptó venir al evento, dio una conferencia magistral, me entregó el texto “Del verso libre al verso exacto”, y lo publicamos en el libro colectivo Sobre tus ojos dormidos, 2009. Yo había leído, obviamente, Gazapo, La princesa del Palacio de Hierro, Compadre Lobo, etcétera. Considero que Gustavo Sainz es un narrador extraordinario y uno de los grandes maestros de la narrativa mexicana del siglo XX; sobre todo, en la técnica del discurso indirecto libre y el monólogo interior. Después me invitó a hacer el epílogo de Salto de tigre blanco en Ediciones del Ermitaño. Esto me pareció un gesto de generosidad extraordinario porque yo era un perfecto desconocido; normalmente, se le piden prólogos a gente con renombre literario que puede aportar a la comprensión del texto y, además, a la mercadotecnia del libro. Aunque sabía que Gustavo estaba muy retirado de la literatura mexicana y sus grupos, su invitación la tomé como un halago, y le hice el texto. En el 2010 se cumplieron los 70 años de Gustavo Sainz. En México tenemos la costumbre de festejar a los escritores por números cerrados de nacimiento o muerte, y yo no veía que en México se fuera a organizar algo para él. En ese momento, yo trabajaba en la UAM Iztapalapa como profesor de asignatura y, por iniciativa propia, propuse un programa que titulé: Congreso-Homenaje a Gustavo Sainz, 70 años. Invité a colaborar a la Coordinación Nacional de Literatura; me mandaron un oficio de inaceptación. Tuvieron la amabilidad de responder, por escrito, que no era de su interés participar en el homenaje a Sainz. La respuesta me sorprendió porque confirmé lo que algunos amigos de Sainz decían: “En México, Gustavo está vetado”. Yo era muy joven para entender las formas en las que se encumbra o nulifica a los artistas desde las instituciones.Prescindí de la Coordinación de Literatura y me concentré en solicitar el apoyo de la UAM, que me concedió como espacio la Casa de la Primera Imprenta y servicio de cafetería. Gustavo vino a su homenaje; financió su vuelo y hospedaje, en un gesto de fraternidad y agradecimiento. Era un desterrado de su patria, incluida la literaria. Él nunca fue mi maestro de aula, pero uno tiene sus maestros literarios o de vida. El día de su homenaje hubo un sismo por la mañana y nos desalojaron, pero no se suspendió. Temprano hubo una mesa de valoración sobre su obra. Por la tarde, participaron algunos de sus exalumnos de la UNAM. Gustavo iba acompañado de Laura Rojas —intuyo que era su pareja—; él estaba muy contento. Nos leyó un fragmento de su novela inédita, Cadáveres exquisitos, que publicaría la editorial RBA. JE: En esos días del homenaje, ¿lo viste en otras partes?, ¿qué te comentaba? GB: En ese espacio de tiempo nos vimos solamente una vez. Cenamos en un restaurante del Centro Histórico. Yo no era su amigo sino su admirador. En esa ocasión, lo entrevisté, pero no sé dónde pueda estar el casete. Más que como escritor, me interesaba como promotor de la literatura en México. Hablamos de la colección SepSetentas. Me platicó cuál era el mecanismo de emisión y distribución de esos libros que circularon en los puestos de periódicos; incluso, en colonias populares. Muchos lectores nos formamos con esa colección. Fue un proyecto muy exitoso de promoción a la lectura que ha tenido poca emulación y eficacia en las décadas siguientes. Creo que ha habido otros intentos de vender libros en estanquillos, pero el éxito que consiguió Gustavo Sainz es sin igual. Ahora casi todo es digital, así que los puestos de periódicos están en extinción. Gracias a él se formaron generaciones de lectores que andaban en la calle. Ahí leímos a muchos autores y autoras no solamente los jóvenes, sino las familias. Aquellas librerías ambulantes tuvieron lo mejor de la literatura nacional e internacional. JE: En esa entrevista, ¿no te pareció distraído, disperso o con los primeros signos del alzhéimer?GB: Sí. Ya tenía olvidos que no eran naturales; olvidos un poco más de fondo … JE: Cómo cuáles.GB: Cómo no ubicar a ciertas personas. Me di cuenta en la mesa. O con el público que llegaba a su homenaje. Recuerdo a una chica de Radio Educación, que había sido su alumna…JE: Pita Cortés.GB: A ella, por ejemplo, no la recordaba. Pita llegó con antelación para acomodar sus aparatos, a hacer pruebas para la transmisión. Gustavo ya estaba allí y Pita lo saludó con mucho cariño, pero él no la reconoció. Incluso un día antes de su evento, en Radio Educación se le iba hacer una entrevista y no llegó porque no lo tenía presente, aunque un día antes yo le había llamado a su hotel para recordarle. En el evento había público que llegaba y le hablaba de épocas lejanas, de cuando había presentado La Princesa del Palacio de Hierro en tal lugar, o que se habían conocido en tal presentación o evento y no se acordaba incluso de algunas de sus obras. Pero yo nunca asocié sus olvidos con la enfermedad. Durante el homenaje lo vi feliz porque era suyo y para él, aunque por momentos lo noté abstraído o ausente; por otro lado, en la mesa de exalumnos, lo noté muy interesado. Seguramente se le detonaban algunos recuerdos y lo que estaba pasando era como un corto circuito. Pero eso solamente él lo supo o sintió. Porque, si tenía conciencia de la enfermedad, debió haber sido terrible enterarse de lo que había legado a esos jóvenes que ese día lo homenajeaban. Un escenario catastrófico. Nosotros estábamos participando en el homenaje a un autor muy importante de la literatura mexicana, a un maestro y narrador singular, y quizá estábamos hablándole sobre la vida de una persona que él ya no reconocía. JE: ¿Y contigo pasó eso? Tuvieron dos años de relación…GB: Después del 2010 nos comunicamos varias veces. En un correo me platicó que se levantaba temprano y veía una película. Cuando tenía que ir a la universidad, iba y daba su clase. Regresaba a su casa, leía, escribía, veía cine y dormía. Esa era su rutina en Estados Unidos. Yo quería continuar con mis indagaciones sobre Elías Nandino. Y como Gustavo me había dicho que él tenía documentos y retratos... También me comentaba que iba a donar a Coahuila su biblioteca; me lo dijo en la entrevista y en los correos. También se lo dijo a otras personas. El trato estaba más que cerrado y solamente se estaba arreglando la logística para el traslado de Indiana al Museo del Desierto. Me habló del Centro Cultural Gustavo Sainz, porque allí iba a estar toda su biblioteca. Imagínate el impresionante acervo. Me comentó que necesitaba de organización porque tenía muchísimas obras como para llenar un tráiler, por lo menos. Al parecer, no se concretó nada porque el gobierno no tuvo recursos para el traslado de todo su legado. Por mi parte, desistí de investigar a Nandino a través de él. Luego vino su repentina muerte, que me dolió particularmente cuando leí notas sobre su padecimiento. Me queda el recuerdo de su sensibilidad, carisma, la gran sonrisa que tuvo desde joven y su generosidad. Gustavo Sainz es parte de la historia literaria del siglo pasado, a nivel literario y como formador de generaciones de escritores y promotores culturales. Gustavo Sainz no tenía que confiar en mí ni dejar que yo le hiciera un reconocimiento a su obra, y lo hizo. En cosas como estas es que podemos juzgar a un ser humano y a un artista congruente que, al final de sus años, vivió de manera silenciosa entre el olvido y la memoria.AQ / MCB