Leyenda viva de la literatura mexicana, Agustín Monsreal acaba de ser galardonado con el Premio Nacional de Artes y Literatura. Heredero directo de Julio Torri, Juan José Arreola y Augusto Monterroso, ha hecho del relato breve su reino, su pasión, su vida. Es el microficcionista mexicano más conocido a nivel nacional e internacional. A sus 84 años sigue activo, con una obra extensa y de calidad, cuyas fuentes son el dominio del idioma español en textos —su mayoría de unas cuantas líneas—, en los que a la calidad literaria se aúna lo sabio y lo lúdico. De él ha dicho Elena Poniatowska: “Es la suya una Comedia Humana deleitosa, jocosa a ratos pero siempre despiadada. Sus cuentos tienen carne, se palpan, duelen. Monsreal es un escritor genuino que logra con un lenguaje popularmente poético llegar hacia nosotras las mujeres, feliz como los ríos, montado en su prosa musical y embaucadora”. Rosario Castellanos, por su parte, escribió: “Envidio en Agustín Monsreal la cantidad de mundo que posee, su familiaridad con los grandes textos de los grandes autores. Ah, y su ironía”.Es autor de numerosos libros, entre los que destacan Los ángeles enfermos, Sueños de segunda mano, La banda de los enanos calvos, Diccionario al desnudo, Los hermanos menores de los pigmeos, Sirenidades, Los pigmeos vuelven a casa, Mínimas minificciones mínimas, Breveridades y Breverismos.Recientemente, como celebración de su cumpleaños 84, publicó dos libros: Novenario de pigmeísmos y Tres cuentos aproximadamente tristes.Es un autor prolífico, vital e incansable, que aprovecha incluso las nuevas plataformas como Facebook para publicar una minificción diaria. O un “pigmeísmo”, como él les llama.Esta entrevista con el amigo, con el maestro, se da entre lecheros y cafés americanos, en el sitio de sus buenas charlas, del intercambio de libros y de tertulias, el café La Habana.¿Qué representa para ti este premio que acabas de recibir, en tu trayectoria, en tu vida actual?La posibilidad de congratularme conmigo mismo porque no he trabajado en vano durante estos sesenta años. Es un reconocimiento de que no ha sido inútil. Llegó sin que lo aspirara o lo buscara. No he sido muy afecto a los reflectores, no los eludo, tampoco los busco. Este premio me trae ideas para lo que me resta de vida activa, escritural, fantasiosa, imaginativa. Me va a permitir dedicarme a eso sin preocupaciones de índole práctica, de aquí en adelante. Es una satisfacción compartida. Lo primero que me viene a la mente son mis maestros, mis amigos maestros, con los que compartí la literatura, más que la vida. Y mis cuates, mis amigos, que son muy pocos, en realidad.¿Quiénes han sido tus maestros?Augusto Monterroso, el primero en conocencia personal. Un tipo maravilloso, me enseñó muchísimo y aprendí muchísimo con él. Me presentó a Edmundo Valadés, también un gran amigo. A su lado pude afinar muchas cosas de mi trabajo cuentístico y también de la minificción. Fue quien acuñó el término de minificción. Y Juan Rulfo, cuya conocencia fue allá por 1971, si bien la amistad real empezó diez años después. Tuvimos en común que siempre nos hablamos de usted y compartir la admiración por Efrén Hernández, el de “Tachas”. Por eso mi columna periodística se llamaba “Tachas”.Empezaste en el teatro, quisiste ser actor. ¿Cómo se da el salto a la poesía y luego al cuento, a la minificción?Empecé como lector. Venía de andar de vago por aquí y por allá y el teatro me abrió las puertas al conocimiento de otro mundo, y, por supuesto, a lo literario. Leí mucha tragedia griega. Sófocles, Esquilo, Eurípides, son mis padres literarios. Conocí a un par de dramaturgos que me echaron la mano: Emilio Carballido y Sergio Magaña. Carballido me decía: “Mira, procura leer a los escritores en tu idioma”. Me di cuenta que como actor yo solo interpretaba lo que otros habían pensado, imaginado, vivido, y empecé a sentir la necesidad de decir lo que traía en el buche: mis inquietudes, mi forma de ver y estar en el mundo. Comencé a escribir. Lo hice en un cuaderno. Luego en otro y otro más. Cada uno tenía un tono de escritura distinto. Fueron tres cuadernos, igual que tres mis maestros y tres los autores griegos que admiraba. Al cabo de unos meses me encontré con la convocatoria del premio de la revista Punto de Partida, con sus categorías: cuento, ensayo, poesía, varia invención y viñetas. Mandé una muestra de cada uno al concurso. Gané un primer lugar y dos menciones honoríficas. Nos entregó los premios el rector Barros Sierra, quien nos dijo: "Siempre procuren estar alerta para detectar a los hombres menores”. Se refería a Díaz Ordaz.Un buen espaldarazo, de principio.En lugar de darme gusto, me espanté. ¿Ahora qué hago, si no sé nada de cuento, poesía, de varia invención? Supe que había talleres literarios y entré al de Julieta Campos, de cuento. Con ella tuve mi primera publicación en un libro: Veintidós cuentos, cuatro autores. Y al de Juan Bañuelos, de poesía. Luego llegué al taller de Monterroso, de quien no tenía idea de quién era. Desde la primera sesión fue un goce cómo hablaba de literatura, cómo se expresaba de los autores, cómo era socarrón, con su sentido del humor, con la manera maliciosa de impregnarnos de conocimientos. El primer miércoles del taller soltó una pregunta: “¿Ya leyeron el Ulises de Joyce?” Por supuesto, ninguno lo había hecho, yo menos que nadie. Conseguí el libro, que era carísimo. A tropezones, empecé a leerlo. El siguiente miércoles, Monterroso preguntó: “¿Ya leyeron el Ulises?” Solo yo levanté la mano. “Llegué a la página 87”. Monterroso, con una sonrisa de esas que acostumbraba, me dijo: “¿Tanto?” Hoy sé que su pregunta sobre el Ulises era una chanza. “Usted me creyó. Usted me creyó”, se sonreía. Se puso a hablar del Ulises y a decirnos cómo acercarnos a su lectura, así como a la de otros libros. Fue una delicia. Empecé a leer autores que no tenía idea de su existencia como Lawrence Sterne, Borges, Arreola. Leí también a Monterroso. Su taller y su lectura fueron un deslumbramiento, cada sesión era un aprendizaje monumental. Un día, después de que gané el primer lugar en cuento y segundo lugar en poesía del concurso del Instituto Nacional de la Cultura Mexicana, Monterroso me dijo: “Usted ya aprendió lo que se tiene que aprender en un taller, que es poner puntos y comas. Váyase a trabajar por su cuenta y aprenda a usar sus alas”.¿Y a Rulfo cómo lo conociste?Cuando me dieron la beca del Centro Mexicano de Escritores. Los asesores eran don Panchito Monterde, Salvador Elizondo y Rulfo. Rulfo fue un poco rígido conmigo. No quedé de buenas con él debido a ese trato. No permitió que me le acercara y quedé medio dolido. Pasó el tiempo, nueve o diez años después, y me lo encontré en un homenaje a Edmundo Valadés. Yo estaba sentado junto a Elena Poniatowska, Rulfo se acercó y me confió: “¿Ya sabe lo que dije de usted en la universidad?” Puse cara de no saber. “Que es usted el único escritor joven que vale la pena leer en este país”. Desde entonces iniciamos una amistad. Ese día nos invitó a Fernando del Paso y a mí, junto con nuestras respectivas novias, a la Flor de Lis. Era amigo del dueño y nos permitió estar después de la hora del cierre. Nuestras novias tuvieron que hablar a sus casas y decir que estaban con Juan Rulfo para que les dieran permiso. Estuvimos ahí hasta las seis de la mañana. A partir de ese día nos veíamos todos los miércoles en un café que estaba en Insurgentes casi esquina con Barranca del Muerto.¿Y a Valadés?Tito Monterroso lo invitó al taller para que platicara con nosotros como cuentista. Al final nos dijo que quería leernos un cuento suyo. “Me gustaría compartirlo con ustedes, y además, aprovechando su taller, que me dieran sus opiniones”. Leyó su cuento y le dije: ”Si me permite, señor, yo tengo un par de observaciones”. Él anotaba todo lo que yo le decía, mientras Monterroso me miraba con cara de no estar a gusto con mi proceder. Por supuesto, yo no sabía lo importante que era Valadés. Me sentí apenado por mi imprudencia, por ser un ignorante, y estuve un par de semanas pensando cómo disculparme. Compré el más reciente número de la revista El Cuento y apareció un texto mío con un comentario muy elogioso de Valadés. Decidí ir a verlo a sus oficinas, que estaban en División del Norte. Me recibió amabilísimo. Dejó de hacer lo que hacía, que era formar el nuevo número de El Cuento. Nos pusimos a platicar durante . Terminó por leerme su cuento, ¡con las correcciones que yo había sugerido! Nos hicimos grandes cuates.¿Qué te hizo encontrarle el gusto a la varia invención, a las minificciones, cuando no estaban de moda como ahora?De mis tres cuadernos, el tercero era el de varia invención. Yo las llamaba “prosas esquemáticas”. Un día, se me ocurrió ir a ver a Luis Spota para llevarle unas prosas esquemáticas y al siguiente domingo fueron publicadas. Eran narraciones breves, textos que no pasaban de la media cuartilla. Publiqué esas prosas esquemáticas en el suplemento de Spota cada domingo por cerca de dos años. Aunado a esto se fortaleció la amistad con Valadés. Le echaba la mano en su revista y me daba a leer para que eligiera cuentos que podrían entrar en sus páginas. Empezamos a hablar mucho de los textos breves, porque él empezó copiando lo que hacía una revista norteamericana, que llenaba con ese tipo de narraciones los huecos que iban quedando en la formación. Él ya traía la intención de escribir cosas breves y decidió hacer un concurso de cuento breve., después uno de cuento brevísimo, hasta que llegó el de minificción.¿Podría decirse que ahí comenzó el auge de la minificción?Adquirió su carta de naturalización unos años después de que Valadés acuñara el término minificción. Su revista llegaba a toda la América de habla hispana. Incluso el cuento “El dinosaurio”, sin restarle el menor mérito, Valadés lo ponía como ejemplo de texto breve. Su popularidad se debe en mucho a Valadés.¿Cómo es tu estilo en relación a los textos breves?Fue Monterroso quien me hizo notar mi gusto por el adverbio. Una vez escribí “nochemente”, no sé para qué, y me dijo Monterroso: “No lo sobreexponga, pero úselo, sobre todo en los textos breves”. Con él conversé mucho sobre cómo afinar un texto breve para que no sobrara una palabra, para que no hubiera una de más. Discutíamos sobre cómo emplear palabras largas en una minificción, o cortas en otra. O cómo usar la puntuación en su beneficio. Eso, y los acentos. Que haya una sonoridad, una cadencia, un ritmo para cada frase. Eso también lo hacía con Valadés. Más tarde aprendí, con Rulfo, que hay que entrarle a las profundidades de la condición humana. Ese fue mi aprendizaje. Monterroso, Rulfo y Valadés eran tres hombres sabios que en ningún momento mostraron el menor rasgo de mezquindad con sus conocimientos. De ellos aprendí la generosidad. Fueron mis amigos pero continuarán siendo mis maestros.¿Qué otros elementos le añadirías al estilo Monsreal?La tragedia griega me sirvió para encontrar personajes. En el cuento es indispensable el personaje y su conflicto. La anécdota puede ser intrascendente o casi no existir, lo que importa es el personaje, su conflicto, su estado emocional, mental, físico. En mis textos no describo, solo trato de profundizar. La minificción no es cosa de extensión sino de profundidad. A eso le añadiría que he querido buscar que haya algún rasgo, alguna peculiaridad de la condición humana, a fin de que no sea un mero chiste, una mera frase muy bien hecha, que no diga nada. Procuro que haya algo qué decir acerca de la naturaleza humana. Y ahí están otra vez las cadencias, los ritmos, el fraseo. Yo no busco que las frases suenen bonitas, sino que el fraseo y la puntuación correspondan al estado emocional del personaje. Lo que llaman la atmósfera interna. Y la estética emocional. Siento que para ser buen minificcionista hay que ser buen cuentista. Si no eres buen cuentista, no te acerques a la minificción.Una crítica que le hago a muchos minificcionistas es que parecen más contadores de chistes que de verdaderas historias. Buscan ganarse adeptos mediante la sonrisa fácil, no mediante el humor inteligente o la búsqueda, en pocas palabras o frases, de la literatura.Una cosa es el sentido del humor, parecido a un estilete que entra en el cuerpo y sale y trae una gota de sangre, nada más, pero que ya provocó una hemorragia interna. Esa es la minificción, el humor de la minificción. Lo otro, la carcajada, es el navajazo en la panza para que salga mucha sangre. Es la sonrisa, no la carcajada, lo que mueve. Te pongo, por ejemplo, la creación de un personaje, si te metes al personaje y lo haces tuyo y te haces de él, se habitan mutuamente durante el periodo de concepción y creación, ese personaje va a tener vida propia. Si estás copiando lo que otros hacen o te burlas por burlarte, estás haciendo el disfraz del personaje, la caricatura del personaje. A lo mejor te sale chistoso, ¡pero no es el personaje! Hay personajes que tienen vida propia y otros que llevan disfraz. El autor se disfrazó de autor y disfrazó a su personaje de personaje. Con eso no puedo comulgar. Creen que la minificción, por otro lado, es hacer reír o tratar algo o a alguien de manera cruel, pero hay quienes lo hacen de una manera burda, copiando la realidad, calcándola, no exponiendo un conflicto humano. El problema es lo manido, lo ya hecho muchas veces por otros. Se les deshacen sus textos, porque se nota que no escriben cuento. Hay que llegar a la esencia del personaje, de la acción. A mis aforismos yo les llamo esencialismos, porque lo que se busca es la esencia. Hay que tener metas literarias, trabajar a profundidad para dejar personajes memorables, no historias memorables. Las historias siempre se van disolviendo, se metamorfosean de boca en boca. El personaje, en cambio, no. Edipo sigue vivo. Macbeth sigue vivo. Busquemos personajes que estén vivos y en la justa medida procurar hacerlo en la minificción, no importa si es una minificción de cuatro palabras o una minificción de doce líneas. Tampoco me importa la extensión. Por eso me puedo dar el lujo de hacer cuento largo, que algunos consideran novelas.Hay muchos nombres para los textos breves: minificciones, microficciones, breverismos, pigmeísmos, esencialismos, cuentos jíbaros o anoréxicos… ¿Tú cuál prefieres?Por lealtad, minificción. Lealtad al género, y lealtad a quien acuñó el término. Para mí, quien le dio carta de naturalización fue Valadés y él la llamó minificción. Ahora, por apropiación, el término que prefiero es el de pigmeísmo. El pigmeísmo para la minificción y el esencialismo para lo aforístico,Tienes 84 años y no te has cansado de escribir, lo sigues haciendo de manera incansable, diaria, cotidiana. ¿Por qué?No sé si porque soy un explorador, un descubridor, un experimentador, un insatisfecho universal. Se puede advertir desde mis primeros pasos hasta estos últimos cómo ha habido, no sé si una evolución, sí por lo menos una transformación, una modificación leve, constante, en la búsqueda de nuevas maneras de expresión tanto en el cuento como en la poesía. Busco y experimento todo el tiempo. Ahora, en estos últimos tiempos en lo que todo parece terminal, en que mis años son terminales, mi reciente caída parece terminal, o mis enfermedades, estoy trabajando textos del absurdo. Es mi soporte actual para hacer minificción. ¿Cómo confrontar la paradoja, el contrasentido? Y todas las cuestiones que chocan entre sí, cómo hacer que choquen, pero maravillosamente bien. Que pueda empezar a jugar junto con el autor y sus personajes: mi hormiga rumbera, mi fantasma, al lado de la cucaracha a la que todos los días la rocío con insecticida, Trabajo en busca de esas formas escondidas que ahí están, en nuestra imaginación y en lo que nos rodea. Busco las partes escondidas del alma humana para trabajar. Ahora lo hago más con las partes lúdicas del alma humana. Esa alma humana que no está hecha solo para la gran tragedia, para los grandes dolores, sino también para la felicidad, para las grandes alegrías. Darle vuelta a todo, pero con un propósito de vida, basándome en las grandes contradicciones del ser humano.¿Corriges mucho un texto breve?Sí. El texto muy breve, por ejemplo, los esencialismos, casi siempre llegan al papel cuando ya han estado muy elaborados mentalmente. Primero lo encuentro y empiezo a estructurarlo en la cabeza, después busco cuáles son las palabras, pero ahí tienen que estar, pues las traigo sonando desde hace mucho. Cuando llego a ellas, ya vienen formadas. El cuento, ese sí lo corrijo mucho. Escribo a mano con pluma fuente. Con tinta azul pavo real, el cuento. Con tinta cafecita, la poesía. Con tinta azul marino, la minificción. Lo sigo haciendo en tres libretas diferentes. Por supuesto, después lo paso a la computadora y ahí es donde afino todo, con las ventajas que nos da el aparato de quitar, poner, cambiar.¿A qué hora escribe Agustín Monsreal? ¿Eres diurno o nocturno?Diurno y nocturno, las dos cosas. No escribo burocráticamente de 9 a 2, no. De repente traigo un cuento y me levanto a escribir antes de desayunar, y se me olvida desayunar o comer porque estoy trabajando. A veces, me levanto y digo: ”¿Ahora qué hago?” Entonces, sucede la vida. Se aparece la cucaracha y pienso que se sube en mi taza para buscar a la hormiga rumbera. O me habla por teléfono la psicóloga de las medias negras para preguntar cuándo voy a visitarle. Cualquier pretexto es bueno. El estímulo para empezar casi siempre parte de mis propios personajes, los que ya tengo hechos. Ahora retomo un libro anterior, Deudas pendientes, muy parecido a tu libro Plagio, en narrativa. A partir de una minificción o de una frase de alguien más, escribo mi propio cuento, Agarro autores como O’Henry, y les doy crédito, por supuesto, y escribo mis cosas. Todo forma parte de algo que no me ha abandonado nunca: mi afán por la experimentación.¿Quién es Agustín Monsreal? ¿Qué es Agustín Monsreal?Como me dije a mí mismo alguna vez que me hice esa pregunta: “¡Ah, si yo supiera!” En realidad, como todos los hombres, soy varios. Mínimo, trece. Como los trece espejos que tengo en mi casa, en los cuales me fragmento. Está el escritor, el hombre público, el que sale a dar la cara en ocasiones, el padre de familia, el ciudadano, el que puede hacer un comentario de política, el que se esconde buscando a la mujer del prójimo y se tiene que esconder más cuando la encuentra, por el marido. Me voy fragmentando, no neuróticamente. Procuro que esa fragmentación sea con cierta salud mental y emocional. Ahora que, ya unidos esos trece fragmentos en una sola persona, me queda esa duda. ¡Ah, si lo supiera! Qué tal si no me encuentro, qué tal si no encuentro a quien soy o si no me gusta. Y es que soy dualista a partir del duelo, los duelos familiares que he tenido. Me di cuenta que al vivir en duelo por alguien amado que perdí, hay una parte que acepta y considera que lo mejor fue que se muriera, y otra parte que se niega a aceptar la muerte. Entonces se entra en duelo. Ese duelo creo que a mí, al menos, me ha permitido sobrevivir saludablemente. A veces gana uno y a veces el otro, pero ninguno de los dos gana en definitiva. Mantienen ese duelo permanente. Así, mis personalidades están en duelo. Que jueguen y mis yoes se echen un duelo.Una última pregunta. Eres un jovenazo a tus 84 años. No dejas de andar del tingo al tango, de escribir, de hacerte presente. ¿Qué es tener 84 años como hombre, como escritor?Ah, caray. Primero, ser deudor del tiempo. No siento que pase el tiempo. No siento tener esta edad, por más que mis hijas me digan: "Papá, ya estás viejito”. Creo que las deudas pendientes que tengo con la vida son las que me han mantenido aquí. Tengo que saber para qué soy útil en esta vida, por qué sigo vivo y no mis personas amadas. Tengo que descubrirlo: ¿para qué tengo que ser útil? Esa búsqueda de la utilidad en la vida permitió que a los 50 años, o a los 55, libro que yo publicaba fuera recibido con un: ”Es el autor joven Agustín Monsreal”. Yo decía: ”¿Cuál autor joven?” Rulfo me decía: "Se lo van a seguir diciendo hasta los 65, más o menos”. Yo me la creí. Que me dicen autor joven, pues sí, y si me dicen que a mis 84 años estoy bien, me lo creo. Puede ser porque soy un creído, no un engreído. Las personas que me quieren me dicen que me ven muy bien. Entonces, cuando llego con mis espejos, me paro frente a uno y le digo, "Qué bien nos vemos, carajo. Qué bien estamos, ¿no?” Es parte del juego. Creo que jugar es maravilloso. Yo soy ese niño al que le ordenan quitarse el disfraz de vaquero y responde: “¿Cuál disfraz? Yo soy vaquero”. Y si tengo que quitármelo, me pongo otro. Me gusta jugar y creerme mis personajes, creer que me gusta lo que hago, gozar lo que hago. Para mí la escritura es un ejercicio absolutamente gozoso y perdurable. Comparto ese gozo de la vida y la literatura con mi familia y mis amigos. Por eso me gusta hacer esos ejercicios colectivos de minificciones en las redes sociales, Facebook en particular. Nos unimos varios escritores y escritoras con un tema en común, en pleno ejercicio de la imaginación, el talento individual y lo literario. Son ejercicios comunitarios en los que compartimos la literatura, en los que compartimos lo que somos.La comunidad del pigmeo, o de los pigmeístas…La comunidad de los pigmeístas que andan a hombros de gigantes.AQ / MCB