J.M. Servín: “La memoria es mañosa y voluble, así soy yo”

Las respuestas son directas, tajantes. J. M. Servín acepta contestar por correo electrónico algunas preguntas acerca de su libro Yo soy el Mandrake (UANL/ Producciones El Salario del Miedo, 2ª edición, 2025), que contiene dieciséis “crónicas brutalistas”, publicadas en diversos medios impresos a lo largo de diez años y es prologado por Pablo Piccato, profesor en el Departamento de Historia en la Universidad de Columbia, estudioso de la violencia en nuestro país y autor de libros como Historia nacional de la infamia: Crimen, verdad y justicia en México (Grano de Sal, 2020).Servín responde con sequedad, sin andarse por las ramas. En el texto introductorio de Yo soy el Mandrake escribe: “Mi oficio de escritor maduró a través de una cultura escabrosa y aterradora”. Esto se vuelve evidente cuando se miran algunos de sus títulos: Nada que perdonar: Crónicas facinerosas, Del duro oficio de vivir, beber y escribir desde el caos, DF confidencial: crónicas de delincuentes, vagos y demás gente sin futuro...y cuando se leen sus respuestas al siguiente cuestionario.En el prólogo, Pablo Piccatodice que en sus crónicas “puede haber algo de ficción”. ¿Qué tanta ficción hay en ellas, son crónicas periodísticas, apegadas a los hechos, o en ellas interviene la imaginación del escritor “tratando de ser realista”?Por supuesto que hay algo de ficción, todo escritor lo hace cuando escribe crónica. Nada es objetivo. La crónica es un género literario híbrido demasiado complejo como para encasillarlo en “periodismo” a secas. Ya está muy rebasada la discusión sobre qué tanto de ficción pueda tener o no. Realista lo es, porque tomo todo lo posible de los hechos crudos de lo que narro: ambientes, olores, personajes, todo; y aun así, seguirá siendo subjetiva, como la realidad misma, siempre. Kapuściński o García Márquez, Hunter Thompson o Maeve Brenan escribían aproximaciones a las realidades alteradas por sus emociones y circunstancias. Para mí es más importante escribir algo entretenido y con profundidad más que lo consideren “realista”, en todo caso mi literatura es hiperrealista, directa y sucia muchas veces.En su primer texto, usted escribe que “estas crónicas es la autobiografía como exploración de la cotidianidad mexicana, en concreto, la capitalina”. ¿Podría explicar cómo y cuándo comienza a relacionar su vida con lo que escribe? ¿Por qué eligió esta manera de contar la ciudad e incluso de ejercer la crítica social y política?Soy producto de esta ciudad, y buena parte de mi literatura surge de ahí, aquí nadie es inocente. No pretendo hacer crítica social ni política, pero las circunstancias en las que escribo, lo vuelven de un modo u otro, contestatario. Yo solo quiero encontrarme a mí mismo en el entorno donde vivo, muy podrido.¿Qué piensa de la autoficción, tan de moda actualmente?Eso: una moda que la mercadotecnia editorial y muchos autores mexicanos descubrieron ya tarde, y ahora les sirve de paño de lágrimas. Tengo libros de “autoficción” publicados hace más de veinte años y no le llamaban así.En sus libros la violencia esta siempre presente, también la fascinación por la nota roja, por la vida en los márgenes, con personajes como el Mandrake, que es un delincuente y potencial asesino pero también un devoto de San Judas Tadeo y, a su manera, un solitario. ¿Qué piensa de personajes como él, los ha conocido, cómo lo fue perfilando?En México la mayoría de la población somos un Mandrake. No se necesita mucha imaginación para escribir un perfil de una manifestación de nuestro odio colectivo. Por otra parte, desde niño he conocido personajes de ese tipo. En algún momento de mi adolescencia tenía la fantasía de convertirme asaltabancos. Es consecuencia de mi proceso como autodidacta educado en una cultura criminógena.Los recuerdos de su infancia, de su mamá, de su padre, como tantos millones de mexicanos, “derrotado por sus cuentos de grandeza” cuando se trata de futbol. ¿Qué tan importante es la memoria en su literatura?La memoria es mañosa y voluble, así soy yo. Ahí me siento bien, es inagotable para escribir de tus rincones oscuros, como diría James Ellroy.En su libro también hay viajes, exploraciones a destinos como Cancún, reconstrucciones como la de “La reina de la mafia”. ¿Frecuenta esos temas, es asiduo a las hemerotecas, cómo y por qué investiga historias como la de Virginia Hill?Investigo mucho en libros especializados, hemerotecas, archivos y en todo lo que me cae a la mano sobre el tema de mi interés. Por otra parte trato siempre de crear situaciones donde pueda insertarme en mis historias. A Cancún fui enviado por una revista. La idea era comprobar si se podía hacer turismo casi sin dinero ni tarjetas de crédito, como un paria. Con “La “reina de la mafia”, las infinitas posibilidades que ofrece la especulación, me permitieron recrear como si fuera una película de gángsters, a algunos personajes icónicos del crimen relacionados con Acapulco. Para mí es muy interesante buscar en la chatarra de la historia social mexicana.Por último, a pesar de la violencia, del crimen o la tristeza, en sus crónicas también hay humor. ¿Qué tan importante es el humor en su escritura, es accidental o lo busca?Se me da. No tomarnos en serio es lo más saludable en un país lóbrego.AQ / MCB