En su ensayo Contra la interpretación, Susan Sontag opone la hermenéutica del arte con su erótica del arte. Desde ella, Mátate, amor, de Lynne Ramsay tiene que ser vivida. El espectador, para entrar en la ficción, debe vivir el malestar creciente entre un él y un ella que dicen amarse. Tal vez se desean, es cierto, pero son incapaces de vivir juntos. Mátate, amor es la culminación de esta artista que suele interpretar personajes traumatizados y silenciosos.Desde Ratcatcher (1999) hasta Nunca estarás a salvo (2017), pasando porTenemos que hablar de Kevin (2011), Ramsay ha construido una filmografía centrada en la incomunicación. Mátate, amor produce una suerte de ecosistema sensorial (para seguir con la erótica del arte de Sontag) que explora los territorios en que se cruzan el amor y el deseo autodestructivos. En esta historia de amor (o quizás de desamor) ella es interpretada por Jennifer Lawrence. Y ella, en efecto vive partida entre el amor tierno y devoto que —se cree— debería sentir hacia su hijo y la atracción tóxica por un hombre interpretado por Robert Pattinson. Esta relación empuja a la protagonista al borde de incendiar su vida en una película que trasciende el drama romántico como nos lo han vendido y que explora más bien la psicología de las fracturas interiores. El amor filial y el amor erótico son puestos en un mismo entredicho. Y es que Ramsay es experta en explorar las contradicciones entre la teoría del amor y la realidad dura de la vida cotidiana. La cineasta produce una suerte de antisonía que captura de modo radical la belleza de dos cuerpos que sólo son compatibles químicamente y que, sin embargo, resultan incapaces de trascender la soledad de sus heridas.Desde 2002, cuando estrenó El viaje de Morvern, Ramsay se ha destacado como la constructora de un hiperrealismo sensorial en que lo único que se mueve narrativamente es la psique de los personajes. La cámara funciona construyendo un montaje elíptico, poético a su manera. Un montaje que imita la memoria cuando tiene que resistir y desafiar la causalidad para transmitir la ferocidad contenida de ella, Lawrence, y de él, Pattinson, cuando se nos presentan como estos seres que se enfrentan a la realidad de un amor pegajoso, lleno de costras. De modo que reducir Mátate, amor al relato de una relación “tóxica” sería simplificarla demasiado, la película toca más bien los bordes inquietantes de personajes que, como en la vida real, se niegan a ser descifrados. Lo que vemos es, por tanto, la batalla en que ambos libran guerras privadas con heridas que se encuentran fuera del guion, fuera de la cámara y que, sin embargo, si somos honestos con nosotros mismos podemos identificar: en nosotros y en los otros. En nuestros amores oscuros, en las guerras privadas que hemos librado con cuerpos heridos desde la infancia, personas llenas de pérdidas e identidades fracturadas, corporeidades que más allá del deseo duermen en dolores que se niegan a remitir porque, en el fondo, son ellos mismos quienes nos conforman. De este modo, Mátate, amor forma una integridad narrativa que resulta más bien rara en el cine y en el arte pop.No hay en Mátate, amor ni consuelo ni lecciones morales porque el arte de Ramsay no está hecho para ser interpretado desde una hermenéutica del arte sino, como proponía Susan Sontag, desde una erótica del arte, desde el sueño febril de lo que duele sí, pero produce eso que llamamos yo.¿Dónde ver Mátate, amor?La nueva película de Lynne Ramsay está disponible en MUBI.AQ / MCB