Casi todos sus amigos y admiradores consideran a Joaquín Sabina “un bala perdida”, alguien que se sale del camino establecido, un noctámbulo, un juerguista, impulsivo, incontrolable. Así era, sí. Pero, desde hace un cuarto de siglo, el flaco de bombín y voz aguardentosa no ha hecho más que componer canciones, grabar discos, dar conciertos completamente sobrio, encabezar sendas reuniones amistosas y leer mucho. En realidad, este artista andaluz dejó de ser “un bala perdida” debido a un ictus y a una depresión. Tal vez si no hubiera atravesado esas dos situaciones seguiría siendo un eterno crápula (de todas formas, ya saben: el que tuvo, retuvo). Haya sido como haya sido, lo cierto es que arribó a la madurez con una perspectiva opuesta a la de su juventud y su público se lo ha agradecido. Hace unas semanas, sin embargo, dio su último concierto masivo. No es verdad que se haya despedido por completo de los escenarios, sólo dejará de presentarse en grandes recintos. Se dedicará a escribir un libro de sonetos y a componer canciones para un disco (sí, otro más. Y a lo mejor no es el último). También aspira a comprar el Teatro Apolo, ubicado a unos pasos de su casa, en la madrileña Plaza Tirso de Molina. Ahí, dice, podría presentarse él una vez al mes y programar las puestas en escena que le dé la gana. Por ahora esto es una fantasía pero, quién sabe, tal vez lo logre.El próximo 12 de febrero cumplirá 77 años y, si un editor lo convence, también es probable que se anime a escribir sus memorias. Porque ya le han escrito algunas biografías pero, hasta ahora, no ha quedado satisfecho con ninguna. No obstante, desde mi punto de vista, destaca Joaquín Sabina. Perdonen la tristeza, de Javier Méndez Flores, porque abarca toda la trayectoria del artesano del verso y, sobre todo, revela las claves de su cancionero. En esas páginas dice, por ejemplo, que “una buena canción es la mezcla de una buena letra, una buena música, una buena interpretación, un buen arreglo y algo más que nadie sabe qué es y, sin embargo, es lo único que importa.” Pero para el susodicho, a este libro “le falta un hervor.”El pasado 30 de noviembre, día del 90 aniversario luctuoso del portugués Fernando Pessoa, dijo “hola y adiós” en el Palacio de los Deportes de Madrid, la ciudad que lo catapultó al éxito. Ahí, ante doce mil sabineros, demostró que ya no es un cantante, que interpreta, cuenta y da vida a sus entrañables letras, pero que su voz quebrada ya no posee la melodía de antes. No importa. Desde hace un tiempo el desgañitado Sabina ya no vende voz sino estilo. Además, su vasto repertorio ya está bien instalado en varias generaciones por la simple y sencilla razón de que habla de “lo básico” en esta vida: el amor, la amistad, la pasión y la huella del pasado. Son canciones con las que la gente se identifica, se alegra o llora o se consuela o reflexiona o se enamora o hasta se casa (que todas las noches sean noches de boda / que todas las lunas sean lunas de miel). El recital, entonado en el mismo lugar donde un día se cayó para luego recuperarse en el hospital, sonó a despedida total. Despedida de España (De purísima y oro), de México (Y nos dieron las diez) y de Argentina (Con la frente machita), sus tres países (con permiso del resto, donde lo adoran). Pero eso sólo fue un efecto dramático para aderezar la noche. ¿Cómo va a despedirse de nuestras vidas un elemento indispensable de nuestra memoria sentimental? ¿Cómo hacer a un lado lo que nos cuenta y lo que nos canta?“Su mundo personal”, dejó claro Luis García Montero en el prólogo de Ciento volando de catorce, el conjunto de sonetos con el que el cantautor fue tomado “en serio” por los poetas, “es fruto de una experiencia colectiva, recuerdo de unos años en los que había que correr para escapar de la mediocridad, la sopa triste, la moral de las mesas de camilla y los argumentos asumidos a golpe secreto de renuncias personales.”Así que ahora, merecidamente, uno de los más altos orfebres de la canción en español pasará la mayor parte de sus días en la comodidad de su hogar, entre sus libros y entre sus cuadros, con sus infaltables cigarrillos y algún buche de tequila o de güisqui, en espera de una ristra de homenajes y del Premio Cervantes de Literatura o hasta del Nobel (¿por qué no?), con el que ya fue agraciado su par anglosajón, Bob Dylan.AQ / MCB