Obligados a celebrar

Celebrar el Año Nuevo es el último recurso programado que una sociedad tiene para hablar de la esperanza. Es la manera que hemos inventado de hacernos desear que no todo esté perdido. Ejercicio del optimismo, ritual de los abrazos y de los buenos deseos, terapia del calendario, es la mejor coartada para pasar una noche con amigos y familiares. Son aquellos con los que uno cree que merece la pena pronosticar que el futuro tiene un sentido. El hecho de pensar que el próximo año será o podría ser mejor nos embriaga por una noche. Queremos por un momento olvidar que todo es empeorable. Y para echar mano de la esperanza, el único acompañamiento posible es el de los tragos, las canciones, el baile. La esperanza no admite a gente sobria, solo a personas felices y desesperadas. Las frases son lugares comunes llenas de deseos no comunes. Feliz año, que sea un buen año, que sea mejor que este al menos. Hace pocos días Juan Crace de The Guardian definió el año 2025 como lleno de noticias buenas para los que gustan de noticias caóticas. Uno pensaba que la cosa iba a ordenarse y todo fue a peor en el año que termina, según afirma. Eso sin embargo le conviene en su trabajo como dibujante de humor político. El maravilloso discurso de Krasznahorkai, premio Nobel, por otro lado, giró en torno a la posibilidad de la esperanza.A lo largo de nuestra historia, los americanos hemos proclamado nuestro optimismo. La literatura es una prueba. En su famosa “Salutación del optimista” Rubén Darío se dirige a las “ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda”, para afirmar que “llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos lenguas de gloria”. En esta predicción de la nueva historia latinoamericana afirma que, aun en medio de la “caja pandórica”, podemos encontrar “la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!” El poema de Darío supone un canto a la latinidad y en ella incluye por supuesto a España y a la América hispana. Este optimismo esencial no es del todo distinto al de Walt Whitman que en su “Oda a la democracia” afirma que quiere “formar la raza más espléndida que haya brillado bajo el sol” con “divinas tierras magnéticas” y “el amor de los camaradas”. La utopía de Whitman tiene fe en implantar una camaradería frondosa como “la arboleda a lo largo de los ríos de América” que una a las ciudades. Esto se resuelve en un canto a la democracia: “Para ti este canto mío, ¡oh, Democracia, ¡para servirte, ma femme!” Darío y Whitman no ahorraban los buenos deseos para el presente y el futuro.Pero hoy en día, si alguien se atreve a sentir algún tipo de optimismo, puede ser acusado de ingenuo. Hay una frase conocida: “los optimistas son la gente a la que no le han dado todos los datos”. Por otro lado, el pesimismo siempre tendrá mejor prensa, pues llama la atención de su agorero.Pasados los saludos en los que estamos obligados a desearnos un feliz año, llegará la realidad en la que decidiremos si el deseo ha valido la pena. Mientras tanto, que empiece la juerga.AQ / MCB