Películas caseras: la vida en redes sociales | Por Ana García Bergua

Tenía su gracia: sacar el proyector, buscar una sábana o una pared limpia, montar la cinta de 8 milímetros en las bobinas, echar a andar el aparato y esperar que la película no se empezara a quemar a mitad de la proyección. No recuerdo que sucediera muchas veces, pues fui la menor de mi familia y nuestra racha de películas caseras duraría poco, pero el proyector aquel, un proyector de metal de color dorado pálido con una extraña textura como de serie de ciencia ficción, quedó muchos años como testigo de que en casa también habíamos intentado esa escena que ha aparecido tantas veces en el cine: el hombre de la casa (suele ser el hombre), a la mitad de una reunión, propone proyectar películas caseras ante un grupo de familiares avergonzados y visitantes que empiezan a recordar urgentes ocupaciones por las que ya se tienen que ir. Hubo en los noventa una serie que se llamaba Los años maravillosos que comenzaba, justamente, con las imágenes de una película casera que subrayaban la sensación de nostalgia. En la casa no creo que hubiera alguien empeñado en verlas frente a las visitas, aunque no podría asegurarlo; más bien recuerdo la fascinación de buscarnos a otras edades, las fotografías en movimiento, la película que en algún momento inevitable se chamuscó y la sensación de que un recuerdo valioso se había borrado y tendríamos que buscarlo, de ahí en adelante, en las imprecisiones de la memoria. Ahora todos somos aquel personaje empeñado en mostrar sus películas caseras en las redes sociales: miles y miles de desconocidos enseñamos con orgullo los momentos chuscos o importantes de nuestras vidas a otros miles de desconocidos, buscando una especie de aprobación multitudinaria. De tanto repetirse, el pasado es un presente perpetuo. Y curiosamente, en lugar de comportarnos como familiares avergonzados y visitantes que se fastidian cuando el anfitrión decide mostrar por enésima vez los primeros pasos del bebé, el platillo del día o las películas del viaje a la Patagonia y más bien se van otro lado, nosotros observamos obedientemente las películas de los demás, aprobamos y desaprobamos, como viene establecido en los formatos, y hasta discutimos o pegamos los saltos de nuestro gato. La verdad, es de lo más curioso: si alguien hubiera dicho que haríamos eso cuando las películas caseras eran cosa de familiares y amigos, quizá nadie lo hubiera creído o hubieran pensado que era una pérdida de tiempo. Quizá las prioridades han cambiado y el tiempo se nos va mostrando a los otros cómo pasamos el tiempo, congelados en una habitación donde un proyector de 8 milímetros ronronea películas caseras al infinito. Quizá por eso todo está como está.AQ / MCB