‘Autobiografía de la piel’, de Ana Clavel: el arte de llevar la profundidad a la superficie

El epígrafe de Paul Valéry, anotado en el pórtico de Autobiografía de la piel (Alfaguara, 2025) de Ana Clavel, imagino que le hubiera gustado escribirlo a Oscar Wilde y, también, aventuro a Joris-Karl Huysmans y, por qué no, a nuestro Salvador Elizondo fascinado por la fotografía del chino desollado, uno de los leit motiv de su Farabeuf. La frase es una pregunta de banquete filosófico, una puerta al campo, un clavo ardiente: “¿Hay algo más profundo que la piel?” Confieso que esa cita la he leído en otros libros pero nunca, hasta ahora, me había propuesto localizar su origen. La frase viene de La idea fija de Valéry, del diálogo de un alter ego del autor y un médico de vacaciones en una playa rocosa. Poco antes de referirla, el personaje tras el que se oculta el poeta de El cementerio marino afirma: “puede que haya profundidades accesibles (pero lo que encontramos no merece la pena del descenso) y profundidades insondables… Incluso si nos pudiéramos arriesgar y percibiríamos algo, no comprenderíamos nada de lo que hallaríamos…”.Enterado de tales antecedentes, asumo que el epígrafe de Valéry puesto por Ana Clavel funciona como estrella polar, mantra propiciatorio, poética de su propuesta narrativa y ensayística. Autobiografía de la piel es una escritura híbrida, a varias bandas, novela de iniciación, autobiografía precoz publicada de manera extemporánea, ensayo literario que dilucida asuntos científicos y artísticos. En mi primera lectura de lector in fabula pensé en los libros de W. G. Sebald, no solo por el acompañamiento visual, fotografías, posters, documentos, sino por la puesta en escena de una autobiografía camuflada, fuera de foco, replicada en espejos cóncavos y convexos. También me vinieron a la mente los libros de Emmanuel Carrère y los de Amélie Nothomb, pero sobre todo, al revisar otras obras de Ana Clavel corroboré, además de un núcleo temático regido por las flechas y las lágrimas de Eros, una tentativa personalísima, toda terreno respecto de los géneros literarios que pone en práctica, una predilección por la convivencia de discursos con los cuales se pudiera diseñar un collage y también un puzzle, es decir, la sobreposición de capas que darán lugar una realidad insospechada y la unidad vía la fragmentación. En mi primera intervención lectora, Autobiografía de la piel no cesó de abrirme la puerta a la conversación, incluso, a la discusión. Mientras avanzaba siguiendo las edades de ese niña-ninfa, singular y plural, de esa muchacha-mujer donde cabían el yo y el nosotros sin desbordar el agua de la tina del baño, descubría lecturas comunes, películas y discografías que forjaron nuestra educación sentimental, pensamientos y deseos que nos mantuvieron despiertos en muchas madrugadas. Hace unas semanas me enteré que Guillermo del Toro leyó Frankenstein, durante su infancia, en una edición de Bruguera, misma colección de tapas duras en la que la protagonista del libro leería Las olas de Virginia Woolf y un servidor El barón rampante de Italo Calvino.En estas páginas memoriosas, lúcidas y lúbricas, caben los recuerdos y las añoranzas del padre perdido en la niñez; el deseo precoz con sus umbrales inquietantes y sus metáforas de caperuzas, ninfas, blondies, lolitas, alicias; el inventario de bienamados con sus imprescindibles juegos de seducción; las lecturas y las imágenes iniciáticas que dieron santo y seña como viático para adentrarse en la superficie más profunda de lo otro y de los otros. Yo también leí en mis veintipocos años como la heroína del libro, Celebración. Poesía erótica de lengua inglesa en cuya contraportada se lee el poema “¿puedo tocar? —dijo él” de e. e. cummings citado y comentado por Ana Clavel; en esa misma antología hay un poema de Denise Levertov, “Los mudos” que es dable conectar con un tema expuesto en Autobiografía de la piel: el acoso sexual: “Estos gruñidos que los hombres usan / cuando pasan a una mujer en la calle / o en las escaleras del Metro // para decirle que ella es una hembra / y que su carne lo sabe…”. En varios momentos de mi lectura me sentí tentado a iniciar una conversación con la autora, a escribirle un correo electrónico o, de plano, a importunarla con una llamada telefónica. Mientras leía algunos de los pasajes de su libro, me asaltaban recuerdos de otros libros que en cierto modo se conectaban con sus temas. Por ejemplo, la historia que cuenta Jorge Semprún al final de El largo viaje: Ilse Koch, esposa del capitán del campamento nazi de Buchenwald, sofisticada vampiresa quien gusta de seducir y llevar a la cama a prisioneros que tuvieran —ecuación sine qua non— el cuerpo tatuado para luego ordenar su muerte y desollamiento con el afán, tras la obra de un taxidermista, de utilizar sus pieles como pantalla de lámparas donde se destacaría esa estrella o ese navío de tinta azul, esa caligrafía hebrea o gótica de color marrón.Pero también, ese mismo impulso de continuar la plática se despertaba en mí para agradecerle ciertos capítulos o párrafos que me brindan aportaciones valiosas para mis proyectos. Por ejemplo, el episodio XLIII en el que Ana Clavel refiere las funciones y las metáforas de los dedos de las manos concluyendo con un acoplamiento amoroso de dos manos libres a bordo de un trolebús, me encantaría reproducirlo completo en una nueva edición de mi libro La mano siniestra de José Clemente Orozco. Es verdad que esta Autobiografía de la piel alumbra una época y una ciudad que compartimos durante los años de nuestra formación, en los días y las noches de artistas cachorros llevados por la fiesta interminable y la fiebre de gambusinos de historias, allá en los ochenta y comienzo de los noventa. De aquellas cenizas, de lo aparentemente ido, cintila una brasa que ilumina un encuentro inesperado con Ana Clavel en Toledo, octubre de 1992; mencionar esta ciudad es traer a la luz cenital del ahora al Greco y a Rilke y, desde luego a los ángeles que raptan para sus juegos a dos niñas, dóciles y caprichosas que dan pie a la autora para abordar el célebre cuadro de Balthus, El sueño de Thérèse desde “el goce de su propia irradiación”.Pudiera ser un libro pedante, jactancioso de su bibliografía y de los múltiples enclaves culturales que refiere. Todo lo contrario. Autobiografía de la piel es una pieza hospitalaria, amena y generosa. Inteligente desde la sutileza, tocada de gracia y transgresora sin aspavientos. Un libro que nos invita con seducción y cortesía a la lectura de otras obras, literarias o visuales. Páginas que suscitan el deseo, que aceleran el pulso. Me llevé mi ejemplar a Japón y a Corea, hace unas semanas para mi relectura, tomando notas para escribir estas cuartillas. El otoño pleno en Tokio, Kioto, Osaka y Seúl se convirtió en el telón sensual para leer ciertos pasajes, el dedicado Sei Shönagon y su sublime tratado de los sentidos, El libro de la almohada, sus comentarios a la película La balada del Narayama para hablar de la madre —otro de los temas cardinales del libro— o la colección de tatuajes del doctor Fukusi Masaichi para luego derivar al cuento “Tatuaje” de Junichiro Tanizaki. Mientras caminaba por los templos y jardines sintoístas y budistas, imaginé los paseos de Jorge Luis Borges y María Kodama, evocados por Ana Clavel en su libro. No pude evitar recordar, morbosamente, estos versos de Miguel Ángel: “Nos besamos como besan los ciego: con todo el cuerpo”. Imaginé a Borges, hombre desdichado en el amor, gozar con plenitud al final de su vida los dones de la pasión erótica. Los labios, las palabras y el beso también se dan cita en Autobiografía de la piel: “De ser un acto ritual, social y hasta contestatario, besar se ha vuelto además de una afición y un placer, un arte”.Puedo concluir, tras mi relectura, que este es un libro de madurez. Un libro que dialogó con los otros libros de la autora, con sus colecciones de cuentos y ensayos, con sus otras novelas. Obra cónclave podría decir. Cumple a cabalidad lo que Wilde disfrutaba de la música de Mozart: el arte de saber llevar la profundidad a la superficie. Por lo visto, volvemos al principio, a la piel, a la cita de Paul Valéry. La piel, templo de nuestra alma, nuestra envoltura, nuestro mapa con territorios al alcance de nuestra vista y con planicies, colinas y hondonadas divisadas o recorridas por sentidos ajenos, la piel, sí, nuestra mortaja, nuestra balsa hacia el más allá.AQ / MCB