El orgullo del Madrid vale más que los petrodólares

Al Real Madrid, aunque parezca mentira, se le está atragantando la Euroliga, campo donde es el rey indiscutible. Esta vez fue el debutante Dubái, primer equipo de fuera del continente en disputar el torneo, un escudo inflado a base de petrodólares y contratos inigualables, el rival que estuvo a punto de dejar sin oxígeno a los chicos de Scariolo. De hecho, el panorama al descanso era desolador, una diferencia de 14 puntos y una falta de actitud que hacían presagiar un nuevo tropiezo. Fue Abalde, magnífico su partido y compromiso, el que tiró de las orejas a los suyos en el descanso, obsesionado el de Ferrol con que sería la defensa la que haría cambiar el panorama. Dicho y hecho. Volvieron los merengues del vestuario con un espíritu renovado, voraces, tan intensos que hasta los visitantes sufrían para anotar la más simple de las canastas. La persecución orquestada por el gallego y el talento de Campazzo, Hezonja y Lyles fueron ganando terreno a cada posesión, puro trabajo y orgullo que señalaron el camino de la remontada en el tercer cuarto y que eclosionaron en el último, donde el festival de tapones y los aplausos del Movistar Arena fueron constantes hasta que la victoria local fue un hecho irrevocable. Como colofón, Llull alcanzó los 1.200 encuentros con la elástica blanca y, junto con sus compañeros, firmó al mejor anotación del Madrid en esta campaña, 107 puntos nada menos. Alegre e incisivo, el Madrid imprimió unos muy buenos primeros minutos ante el Dubái, al alza Campazzo, rápido de manos como en sus mejores días, y preciso Abalde, que a cada partido que pasa se suspende en el aire con mayor precisión. Los visitantes, en cualquier caso, también gozaban de buena salud gracias al liderazgo de Kabengele desde el puesto de pívot y a su amplio físico para proteger el aro. Wright también estaba entonado ante la tibia defensa de los blancos, un agujero que les impedía despegarse en el marcador. Entre tanta igualdad, saltó a pista Llull para alcanzar otro hito inigualable: ser el primer en la institución en alcanzar los 1.200 partidos oficiales disputados. Eran muy amplio el arsenal que desplegaba el Dubái, una plantilla construida a base de dólares en la aparecían nombres como los exazulgranas Sanli y Anderson o el microondas serbio Avramovic. Un lanza de mil puntos que aguantaba las constantes cargas de los locales, finos en ataque aunque incapaces de cortocircuitar a sus rivales atrás. De hecho, en el ecuador del segundo cuarto, un triple de Bertans y una genial bandeja del mencionado Avramovic elevaron la ventaja visitante hasta los siete tantos, acciones que encendieron las alarmas en el banquillo de Scariolo. No consiguió equilibrio el italiano, todo lo contrario, y con la llegada del descanso la situación era de lo más preocupante. Dijo Abalde en el intermedio que la defensa había sido «inadmisible» y, al menos en las primeras posesiones de la segunda parte, la dinámica pareció cambiar en ese apartado. Un parcial de 7-0 del Madrid dejó patente el cambio de tendencia, muy intensos Campazzo, Deck y el gallego, una trinidad que, unida al talento de Lyles, pusieron a tiro de piedra la remontada. Acorralado el Dubái, se entregó a la pillería de Avramovic y al martillo de Kabengele, pero el torrente merengue era incontrolable, enorme el liderazgo de Abalde. La fórmula, añadida al siempre enérgico Garuba, dejó la machada a punto para ser rematada en el último acto. Un dos más uno de Hezonja dio al fin a los blancos la ansiada ventaja. Comenzaba un nuevo partido, le tocaba aplicar a los chicos de Scariolo su versión más fina porque, pese a que sus rivales estaban magullados, de sobra podían reengancharse al duelo si les daban motivos para ello. Era Garuba, como en las últimas semanas, un muro infranqueable y Hezonja, después de tres cuartos bastante discretos, parecía empeñado en sentenciar el choque a base de canastas. Campazzo también quiso su pizca de protagonismo, pero fue la defensa coral y un sinfín de tapones locales los que decantaron la balanza final.