En el estrecho recinto de una franciscana celda, cómoda aunque humilde y pobre y de extremada limpieza, en la Rábida, el prelado, con sus dos huéspedes entra y después que sendas sillas les ofrece y les presenta, abre franco y obsequioso una mezquina alacena, de donde bizcochos saca y una redoma o botella del vino más excelente que da el condado de Niebla. Aceitunas, pan y queso, y tres limpias servilletas, acomodándolo todo en una redonda mesa, no lejos de la ventana que daba vista a la huerta. Enseguida llama al lego, que al punto traiga, ordena, huevos con magras adunia, y chamfania, si está hecha, encargándole que todo caliente y sabroso venga, que no charle en la cocina ni se eternice y se duerma…».