Y a qué me refiero cuando digo que está durando demasiado? Pues a todo. Todo dura demasiado y aunque no se trata de un fenómeno reciente, digamos que ahora lo de durar en exceso se ha vuelto tendencia. Una modernidad interminable, como las series de televisión. ¡Y las temporadas de fútbol! Todo dura ya más de la cuenta. Las fiestas navideñas, el gallinero español, el frenesí mediático, los líderes políticos gansteriles, el presidente de Estados Unidos, la polarización, la última temporada de Stranger Things, que más que cosas raras son ya cosas idiotas, las franquicias cinematográficas que no acaban nunca, con pelis que duran dos horas y media (¡cada una!), el Gobierno, los discursos fachas, las venganzas, el futuro de locos. Hace décadas ya creíamos que no había futuro, vean qué fiasco. Hubo un tiempo en el que la actualidad duraba dos o tres días y ahora aguantamos la misma desde hace años porque, al parecer, es lo que funciona y la duración la única medida del éxito. Y eso que, también por las series, sabemos que la duración no es equivalente de calidad, sino precisamente de degeneración y desastre narrativo (el tiempo lo destroza todo), con unas últimas temporadas que no hay por dónde cogerlas. Guionistas más allá de sus fuerzas cagándola sin remisión, giros y más giros en la nada. Perdidos, Juego de tronos, Stranger Things… El éxito las condenó a la duración y enseguida empezaron a empeorar hasta el descalabro final. ¿Qué mierda me han estado contando durante tantos años? Ni los narradores lo sabían porque el ansia de duración engendra monstruos y los monstruos se comen la trama en la realidad y en la ficción. Siempre he mirado con recelo las cosas que duran demasiado, buenas o malas, aunque conviene recordar, por datos históricos y hasta filosóficos, que las malas siempre duran muchísimo más. Dicho de otro modo, por algo será que esto dura tanto. ¿Qué esto? Todo. El Gobierno, la oposición, el genocidio palestino, el presidente de Estados Unidos, el síncope paralizante de Europa. Acabamos de empezar un año y ya está durando demasiado. Habrán oído que ahora a la duración le llaman estabilidad. Ni caso. Menuda broma.