Sonidos de una flauta mágica

Vecina de la muerte llama Celestina a la vejez. El horror que causa la disminución progresiva de fuerzas y facultades no tiene discusión. Don Quijote lamenta la pérdida de sus dientes porque le hace ser un poco más viejo y Quevedo habla de su boca saqueada por los estragos del tiempo. Cuando san Isidoro habla de las edades del hombre recuerda el color de las canas y sus tristezas; concede que la edad ha contribuido a acrecentar la verdadera sabiduría, aquella que tiene que ver con la aceptación del dolor, del destino y la pérdida. La vejez es el último mal que conduce indefectiblemente a la liberación a través de la muerte. San Isidoro considera que existen tres formas de morir según el momento de la existencia. La muerte es acerba en el caso de los niños, cruel e incomprensible, carente por completo de sentido; prematura en el caso de las personas aún jóvenes cuya existencia se ve abruptamente interrumpida, y que hubieran podido vivir plenamente aún muchos más años; y por último, hay una muerte coherente, justa, liberadora, aquella que situamos en las postrimerías de una larga vida, es la muerte que pone fin a la vejez. Isidoro emplea la palabra latina «merita», que hace pensar en una muerte por premio, es decir, por «mérito», después de una larga vida. Como el albergue en mitad de la ventisca, la muerte es la mano amiga que nos acoge.