La derecha española ya no se disimula ni se divide. Se concentra, se coordina y se prepara para gobernar . PP y Vox no comparten proyecto, pero comparten poder, y eso les basta. La izquierda, en cambio, sigue atrapada en una ficción peligrosa: creer que la suma de siglas dispersas equivale a unidad. No es así. Y los resultados electorales lo demuestran elección tras elección. Hoy, el principal adversario de la izquierda no es solo la derecha organizada, sino su propia incapacidad para ofrecer una alternativa clara, ilusionante y creíble. El votante progresista no se ha vuelto conservador: está cansado. Cansado de las luchas internas, de los liderazgos frágiles, de proyectos que prometen unidad y terminan multiplicando la división. Por eso se refugia en la abstención. Hablar de unidad ya no basta. La unidad debe ser electoral, visible y comprensible. Y eso exige una decisión incómoda pero imprescindible: concurrir a las próximas elecciones generales con una lista única de toda la izquierda, encabezada por el PSOE y con representación real de todas las organizaciones políticas progresistas. No una coalición cosmética. No un pacto de despacho a última hora. Una lista única, reconocible para el electorado, donde estén presentes socialistas, fuerzas a la izquierda del PSOE, ecologistas y sensibilidades progresistas diversas , presentada con honestidad como lo que es: un dique democrático frente a la reacción. Esa lista debe ir acompañada de un programa electoral común, breve, claro y verificable. Un programa que no se limite a gestionar lo existente, sino que devuelva al voto de izquierdas la sensación de que sirve para transformar. Y aquí conviene decir algo que demasiadas veces se esquiva: ese programa debe incluir una profunda regeneración democrática, empezando por casa. La reforma de la ley de partidos políticos, de sindicatos y de organizaciones empresariales para hacerlas más democráticas, transparentes y participativas no es un capricho, sino una exigencia de coherencia. No se puede pedir movilización social mientras se mantienen estructuras cerradas, verticales y poco permeables a la militancia y a la ciudadanía. Del mismo modo, hay debates pendientes que la izquierda no puede seguir posponiendo por miedo o comodidad. La revisión del Concordato con la Santa Sede, heredado de otro tiempo, no es un ataque a ninguna creencia, sino una defensa elemental del principio de laicidad del Estado y de la igualdad de trato entre convicciones. Porque el miedo moviliza una vez, pero no construye mayorías duraderas. La izquierda no puede limitarse a advertir de lo que viene si gobierna la derecha ; tiene que volver a ofrecer horizonte, limpieza democrática y coraje político. Aquí nadie sobra, pero tampoco nadie es imprescindible. Las organizaciones deben entender que preservar la sigla no puede estar por encima de preservar los derechos , y que la pluralidad se defiende mejor compartiendo una candidatura que compitiendo por un electorado exhausto. Si la izquierda pierde, no será por falta de razones, sino po r falta de valentía. Valentía para ceder, para compartir liderazgo y para asumir que este no es un tiempo de construcción identitaria, sino de resistencia y reconstrucción democrática. El “no pasarán” no puede ser una consigna nostálgica ni una coartada moral. Debe ser una estrategia política concreta. Y hoy esa estrategia pasa por una sola lista, un solo programa y un compromiso real con una democracia más profunda que devuelva la palabra a quienes ya no creen en promesas fragmentadas. La abstención ya está hablando. Y no espera eternamente. __________________ Juan Antonio Gallego Capel es funcionario de carrera de la Administración de la Región de Murcia, socialista, defensor del Estado federal, laico y republicano.