A veces me preguntan en los pasillos del juzgado si soy abogado, y siempre contesto-esas frases preparadas que tenemos para parecer ingeniosos- que algunas veces sí, pero que otras soy otras cosas. En España no están muy bien vistos los polígrafos ni las gentes de vocaciones variadas. En un país en el que el sistema de clases es algo así como la electricidad-que no se ve pero todo lo alimenta, y lo que se enchufa se enciende-, nos escama no etiquetar prontamente a los demás. Con el prestigio de la profesión largamente deteriorado-es una profesión en la que la educación es muy necesaria, en todos sitios, y la bajada de nivel se tiene que notar- se hace difícil animar a la gente joven a embarcarse en ella, sobre todo porque el viaje por la parte más corta será de cincuenta años. Sí, sus momentos buenos son gloriosos. Pero en general los pleitos y problemas tienen una radiación que se absorbe, son un permanente baño en las aguas negras de la sociedad, con dos finales comunes a todos los que llevan toga: son profesiones en las que el corazón se te rompe o se te pudre. Que se rompa es bueno para el ciudadano o la justicia en general, pero pésimo para el profesional, que termina como esos boxeadores con miedo a pelear. Que se pudra es malo para todos: ahí las leyes van dando sus martillazos como en una cadena de montaje, remachando la superficie de las cosas, hasta que el Derecho es un automatismo en el que cualquier desviación es sospechosa y la justicia una reliquia. Con el corazón así sólo pueden tirar para adelante los muy románticos. La toga, como la muerte de Espronceda, no da placer ni alegría, mas es eterno su amor.