¿Cómo será el nuevo año?

La pregunta no surge de pretensiones adivinatorias, sino de una constatación simple y a la vez inquietante: 2025 ha demostrado que muchas certezas –políticas, económicas, simbólicas– eran más frágiles de lo que se quería admitir. Guerras convertidas en normalidad, trabajo empobrecido, instituciones encerradas en sí mismas, lenguajes públicos cada vez más agresivos. En esta perspectiva retrospectiva, ha quedado claro que 2026 no puede considerarse como un simple cambio de página.