El filósofo Zygmunt Bauman acuñó el término ‘modernidad líquida’ para definir la sociedad actual. Frente a la modernidad sólida, de estructuras fijas, valores permanentes, límites inalterables, donde la paciencia, el trabajo duro, la abnegación y el sacrificio eran los presupuestos para el éxito, en la modernidad líquida éste depende de valores mutantes y principios que se alteran constantemente. Si la modernidad sólida vivía enfocada hacia lo perdurable, lo único permanente en la modernidad líquida es la fugacidad. Los Estados cambian su configuración, se debilitan las fronteras, se adoptan procesos de desregulación y privatización, se precariza el mercado de trabajo… compromisos y acuerdos firmados con solemnidad se cambian o se anulan de un día para otro. Aquella afirmación de Hannah Arendt de que la característica principal de la cultura es su permanencia queda pulverizada por los nuevos presupuestos de la modernidad líquida. Ahora la cultura ha de buscar el máximo impacto en el mínimo de tiempo porque su legitimación reside en la fugacidad del mercado.