Cuando dejar de exigirse también es avanzar

A cada comienzo de año le acompaña una silenciosa e insistente presión: la de reinventarnos. Enero llega con sus interminables listas de propósitos en las que prometemos convertirnos en personas más disciplinadas, productivas y exitosas. Comer mejor, hacer más ejercicio, leer más, ser más rigurosos en el trabajo, organizarnos mejor... El ritual se repite cada Navidad y aunque, a priori, la invitación al cambio puede ser una forma de motivación, muchas veces, esta práctica se convierte en un discurso de autoexigencia que nos acusa y nos culpa constantemente.