Reincidentes

Se llama Julia, es mi nieta y ha sido la persona que llegó al mundo para enseñarme realmente lo que es una mujer. Un día, cuando ella tenía tan solo dos años, nos encontrábamos los dos en el salón de mi casa; en aquel momento estaba sentada en mis rodillas y jugábamos a hacer el caballito, pero, en un instante determinado, noté que se ponía muy seria y me miraba fijamente a los ojos sin parpadear, por lo que decidí aceptar su juego, paré con el movimiento de mis piernas y fijé mis ojos en los suyos intentando también no parpadear. No recuerdo con exactitud, pero habrían transcurrido unos quince o veinte segundos -tiempo que se me hizo eterno-, cuando, de repente y sin dejar de mirarme, me sonrió. Estaba claro que se había percatado del juego que teníamos, que había ‘entendido’ mi complicidad con ella y optó por agradecerlo con aquella sonrisa de aprobación. No era normal esa actitud en una niña de esa edad, por lo que aquella escena me hizo pensar mucho sobre la gran capacidad que tiene la mujer para percibir la realidad, algo para lo que los hombres andamos algo mermados de nacimiento.