La vida que se abre paso en los pasillos del Materno Infantil de Córdoba

Lejos del silencio que suele reinar en un centro sanitario, los pasillos del Hospital Materno Infantil Reina Sofía de Córdoba bullen de actividad. En la unidad de tratamiento ambulatorio, las risas y los juegos de los más pequeños llenan el ambiente mientras esperan para recibir su tratamiento. Al frente de este enfoque humanizador se encuentra Ana Calvo, responsable de la Unidad de Actividades Motivacionales, quien trabaja para transformar la experiencia hospitalaria. El objetivo es claro: hacer que la estancia sea lo más amena posible. "Intentamos con todo este tipo de actividades que se olviden en el día a día, que cambiemos su rutina totalmente", explica Calvo. Para ello, el hospital se viste de fiesta en fechas especiales como la Navidad, llenándose de juguetes, visitantes y sonrisas para que los niños lo vivan "con mucha ilusión". La sala de espera de la unidad de tratamiento es un reflejo de esta filosofía. Acondicionada con videojuegos, máquinas Arcade y mobiliario adaptado, se convierte en un punto de encuentro donde los niños juegan y hacen amigos. Según Ana Calvo, en este espacio se crea "una pequeña familia", donde los lazos de amistad entre los pequeños y la complicidad entre los padres son fundamentales. Las madres incluso coordinan las citas para que sus hijos coincidan con sus amigos. Este ambiente de camaradería es vital no solo para los niños, sino también para los padres, quienes agradecen enormemente estas iniciativas. El apoyo entre las familias es una constante, un pilar que ayuda a sobrellevar la incertidumbre y el miedo que acompañan a la enfermedad de un hijo. Raquel Plaza es la madre de Álvaro, un joven de 17 años con leucemia. Su historia es un ejemplo de la entereza que define a estas familias. "Es complicado en cuanto a la salud de nuestros hijos, evidentemente, pero es verdad que dentro del hospital nos hace la vida mucho más sencilla", confiesa. Álvaro fue diagnosticado justo después de correr una maratón, un giro inesperado que les sumergió en una realidad de ingresos y tratamientos. Raquel destaca que, a pesar del aislamiento social que estas enfermedades conllevan, el apoyo de amigos, familia y psicólogos ha sido "fundamental". La solidaridad entre las familias es uno de los aspectos que más valora. "Nadie se puede imaginar lo que hay detrás de esas puertas de cristal en cuanto a solidaridad, en cuanto a cariño, en cuanto a apoyo", relata. En ese universo, los niños "se adoran entre ellos, porque además nadie mejor que ellos entiende lo que están pasando". Junto a los adolescentes, conviven los más pequeños, como Diana, una niña jerezana de siete años que lleva dos en tratamiento. Con una inocencia que desarma, cuenta que para Reyes ha pedido "cosas de cocinita". Su vitalidad es una prueba de cómo los niños son capaces de reponerse y mantener la ilusión intacta. Daniela, por su parte, lleva diez meses en tratamiento y ha pasado la mayor parte del tiempo ingresada. Su experiencia le ha cambiado la perspectiva: "Piensas que hay cosas importantes, pero cuando te toca a ti, ves que no es tan importante lo que pensaba". Con una madurez impropia de su edad, afronta el futuro con una meta clara. Para profesionales como Ana Calvo, el día a día no es fácil. Admite que no es "de piedra" y que a veces se lleva a casa "algún mal trago". Sin embargo, tiene claro cuál es su papel: "Tengo que ir con alegría, tengo que transmitir alegría, no puedo transmitir pena, porque con la pena no se va a ninguna parte". Esa positividad es una inyección de ánimo para los niños y también para las madres, con quienes establece una relación de gran complicidad. El agradecimiento de las familias es su mayor recompensa, aunque ella insiste en que "es mi trabajo". Un trabajo que, según describe, es de los más bonitos del hospital y que realiza con un cariño que se refleja en cada abrazo y cada sonrisa que recibe. Ana admira profundamente la fortaleza de las madres: "No pierden la sonrisa ni en un momento". Al final de la jornada, queda una sensación de enorme coordinación e implicación por parte de todo el personal. Ana Calvo concluye con una llamada a la empatía y a la normalización de la enfermedad. "Tenemos que empatizar muchísimo con la enfermedad, normalizarla, que no pasa nada por decir 'tengo leucemia' o 'tengo cáncer'", subraya, destacando la increíble madurez que adquieren estos pequeños gigantes.