Las situaciones políticas bloqueadas pueden provocar efectos de tiempo detenido, manifestado en grumos y grasas en las cadenas alimentarias de la realidad. Iba ya un tanto tópico el alarde antipolítico de nuestro mejor caricato nacional (José Mota), cuando atrapado en su propia escalera se puso a predicar poseído por una visión redentora, pasando de la parodia a la salmodia, el mismo mal de altura que un día aquejó a otro grande, Pedro Ruiz. Amaia Montero, envuelta en una especie de hornacina a tono con la fuga mística que hoy más vende, batallaba en busca de la oreja perdida, mientras Cristina Pedroche, guardando su secreto hasta el final bajo un disfraz de trapera polisémica, era única esperanza de que el tic-tac de algo nuevo reanudara el tiempo detenido. Fue entonces cuando, apartando los trapos, no había nada, aparte de ella. Visto lo cual, Sánchez debería disolvernos ya.