2026

En 2026 nos vamos a fajar para que sea un buen año. Vamos a pegar los codos bien a los costados, vamos a sentir en los dorsales la fuerza de la espalda coronada en los hombros, al no retroceder en la lona del mundo. Decía Scott Fitzgerald, al final de su vida, que ya sólo creía en la honradez del trabajo bien hecho y en los castigos por no realizarlo. La frase o la sentencia, resultado redondo de una vida que había tocado el éxito total -pero también voraz, porque Scott lo fue todo- es lo que hermana a la sombra dorada de Gatsby con Rocky Balboa: si quieres tener alguna posibilidad no tanto de triunfar, sino de mantenerte en pie sobre una tierra con sus propios temblores interiores, que te arrastran con ella, tienes que estar dispuesto a soportar los golpes y a seguir adelante. No depende de lo duro o lo brillante que puedas ser, sino de lo que estés dispuesto a soportar, porque ves tu ideal flotando en el viento y hacia allí te diriges. Se trata de encontrar la luz verde del faro sobre el muelle, justo al otro lado de la niebla. Es tener horizonte, es dibujarlo en el lienzo de bruma de los sueños. Yo en 2026 voy a levantarme aún más temprano, voy a correr más, voy a hacer más flexiones e inflexiones de voces, tonos, personajes y planos narrativos en la nueva novela que comienza ya a prefigurarse: porque se escribe con todo, lo entregamos todo, y el cuerpo es la escritura que siempre sigue en marcha con nosotros.