Érase esta vez la reina de las nieves. He dicho “esta vez”, sí, la tuya, la mía, la nuestra. ¿Y cuál reina? ¿La del cuento infantil o la novela de Carmiña (Carmen Martín Gaite)? Las dos, mezcladas, intoxicantes, alucinatorias. Porque una extraña gripe, recién comenzado 2026, me ataca a la mirada y al sentido de la realidad-irrealidad. Como al niño Kay en la fantasía de Andersen, algo nocivo parece ensombrecerme los ojos del pensamiento y de la percepción. Él, raptado por la reina gélida, veía el mal en todo y todas las personas se le hacían malas, en un vórtice de engaños; pues fragmentos del espejo hechizado de Trol le habían colonizado la retina. En mi caso, he empezado a sentir malestar por lo que sospecho que será una exacerbada visión contracorriente; es decir, me siento sola -aunque no sea verdad- en la idea de que el resto no sufre así esta dolorida convicción de que no hay injusticia pequeña, todas son odiosas. Y no vayámosle a colgar un “así es la vida”, que a mí desde minúsculas a gigantes regiones de realidad me parecen opresivas, inadecuadas, incompresibles, irracionales, sangrantes, hirientes, intolerables. ¿Seré demasiado negativa, hipercrítica, idealista sin freno, inconformista? ¿Dónde está el hechizo? ¿Quiénes y qué cavernas de pantallas y cámaras de eco han secuestrado la capacidad de indignación? ¿Hay alguien ahí para organizarnos? Se clavan los espejos. Nos atan sin cadenas. Miro lejos ahora, a las páginas de Internacional. Y me cuesta hablar de Trump, por no darle publicidad; pero no hay más remedio: le están dejando hacerse el amo (póngase adjetivo al gusto). Cuantas más barbaridades dice y hace sin que le paren ni haya apenas reacción, más se deprimen las conciencias democráticas y éticas del mundo, más nos hundimos en la tristeza de haber bajado los brazos y haber renunciado -de momento- a hacer piña, al menos desde una maniatada Europa, por omisión y división. Y esto, ¿cómo lo vamos a observar? Pues con ojos preocupados, húmedos de rabia. Enfoco después a las redes que se tejen en la economía. España va mejor de lo que parecía. ¡Bien! Bueno. Pero a mí la desigualdad instalada, social y de clases, personas que trabajan y que son pobres, con vidas precarias y descendientes que es complicado que se suban al ascensor de la buena vida, más todos los frenos poderosísimos que se oponen al derecho a la vivienda (demasiados, y parece que irresolubles, encarecimientos, burbujas y beneficios por metro cuadrado), hace que tampoco se me caigan las gafas tristonas de los ojos. Lo siento, de veras, por tanta persona experta y oronda de riqueza que tenga que compadecerse de mis heréticas equivocaciones contra el dogma neoliberal (de los infiernos). Encima algún gurú inversor que me caía medio bien como Warren Buffett se jubila. ¿Quién aguantará el capitalismo bursátil trucado, nepotista, hormonado de esta nueva era? El amo del calabozo solamente. Incluso tampoco me convence el color Pantone de 2026: un blanco natural que pretenderá ser más humano entre tanta inhumanidad; un blanco falso mientras ansiamos las banderas blancas de la paz; un tono de nubes de algodón cuando la sangre mana aún en lugares como Gaza, Ucrania…; un espacio casi vacío como vacías quedan las pupilas de las víctimas de la violencia (mujeres asesinadas, infancia a la que le llega tarde la protección y la justicia…); una blancura supuestamente aséptica de las imposiciones sin debate ni discrepancias; unas losetas casi blancas que cobijan las mantas de personas sin hogar a las que pongo cara; una sosera uniformada frente al multicolor de las culturas y las diversidades del mundo. Miro mi ciudad y quiero verla maravillosa y hermosa para todos sus habitantes. Por amor y por no echar faltas a la calle -que diría mi madre-, tengo la tentación de pasar por alto que Córdoba se mueve a dos velocidades, que a mí esto de bajar impuestos a la propiedad y subir los que paga todo el mundo, como la basura y el agua, no me convence; que aquí se está financiando a escote -incluyendo en los paganos a la gente humilde- el crecimiento de los nuevos barrios fetén mientras se descuidan partes urbanísticamente avejentadas como Ciudad Jardín y otras; que sacar a la venta VPO a precios bastante elevados no hace más que ayudar a subir el precio de la vivienda libre y de lujo; que no pasa nada por tener más y más riqueza arqueológica enterrada, que esa basílica mozárabe en la que a lo peor se convencía a la juventud para el martirio será sepultada con todas las garantías, tantas que lo mismo la confunden con un hospital las gentes investigadoras del siglo XXIII, que allá se las compongan para entonces. Y que sí, si vamos a ser campeones del cobre verde, qué tipo de industria de dicho metal estuvimos albergando hasta ahora. Cosas, como se ve, sin importancia. Venga, démosle a la ciudadanía relatos y más relatos sobre esta Córdoba de ensueño que late en el centro de una Andalucía que cada vez más entrega a empresas extranjeras o no andaluzas sectores o servicios estratégicos como los datos de la salud (Japón), la diálisis extrahospitalaria (empresa privada adquirida por un fondo sanitario emiratí), ingeniería (Ayesa)… Pero estamos que lo petamos, vamos de cine, señora Fernández, señora aguafiestas. Sin embargo, también te digo, ¿amiga o enemiga, reina de las nieves?, que el siglo avanza con sensibles mejoras. Líbreme el cielo de perderme en la oscuridad pesimista. Cierto. A pesar de todo, mejoramos. Se encargan de demostrarlo estos reportajes de noticias positivas, contrastadas, reales de final de año. No caigamos, por tanto, en el derrotismo. Tampoco nos relajemos demasiado, que acaso nos inyectan ansiedades para recetarnos después calma, calma chicha en las conciencias y cero movilizaciones. Llega a su fin este sueño o siestecilla de invierno, de un enero gélido en el que pondremos a prueba estos servicios meteorológicos de reino de taifas, propios, para nuestra Córdoba sola. La reina de las nieves apagó la calefacción y me arrancó la manta, la muy mala. Ahora me froto los ojos, no me escuecen, menos mal. Estoy animada. Veo que necesitamos objetivos, listas de tareas, proyectos realizables con los que comenzar un global 2026, hechos sólidos que le quiten la razón al espejo tristísimo de ella. Dar la vuelta al cuento cual calcetín, como hizo Martín Gaite en Caperucita en Manhattan y seguir avanzando sin miedo, suele funcionar. Bye-bye, lobos. 2026 – La reina de las nieves – Andersen -Martín Gaite -Córdoba.