Vivir con miedo desgasta, y en el Perú, ese miedo es una constante. Las extorsiones ya no son hechos aislados: se han vuelto parte de la rutina que golpea a miles de familias, que viven con el teléfono en la mano y el corazón en la garganta, sin paz. Esta no es una exageración ni una ficción: es la realidad. Esta no solo se cobra dinero y oportunidades; también afecta la salud mental.