El viento puede afectar de forma significativa a la salud ocular, sobre todo cuando sopla con fuerza o durante mucho tiempo. El movimiento constante del aire acelera la evaporación de la película lagrimal, la fina capa que mantiene el ojo hidratado y protegido. Cuando esta se reduce más de lo habitual, aparecen molestias como sequedad, enrojecimiento, picor, sensación de arenilla o episodios breves de visión borrosa.