La ley de la fuerza y las potencias impotentes

La Unión Europea y un puñadito de países tan civilizados como impotentes se han quedado solos invocando el derecho internacional. En el mundo no rige otra ley que la fuerza, como saben muy bien Donald Trump y Vladimir Putin Donald Trump puede ser acusado de muchas cosas, y muy graves. Pero no de dinamitar un derecho internacional que, históricamente, las grandes potencias han ignorado siempre que les ha convenido. De hecho, lo que llamamos derecho internacional nunca ha sido más que una concesión de los más fuertes y, secundariamente, un recurso optativo al que los más fuertes han recurrido cuando les ha resultado fácil y conveniente. Estados Unidos contó con el aval de la ONU para invadir Kuwait en 1991. En 2003 no lo obtuvo para invadir Irak, y la guerra (acompañada por la gran patraña de las armas de destrucción masiva, en la que cooperaron Tony Blair y José María Aznar) ocurrió de todas formas. La Unión Soviética apeló al Pacto de Varsovia para justificar la invasión de varios países europeos de su órbita (Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968), pero en 1979 invadió Afganistán simplemente porque lo creyó apropiado. Durante la guerra fría, Estados Unidos y la Unión Soviética (y en menor medida la República Popular China) batallaron por delegación en Asia (Corea, Vietnam o Camboya), África (no hay aquí espacio para detallar los conflictos patrocinados por unos y otros) e Iberoamérica. Baste citar los golpes de Estado en Chile (1973) y Argentina (1976), dirigidos desde Washington, o la invasión en 1983 de la pequeña isla de Granada, ordenada por Ronald Reagan. Pero ya antes de la guerra fría la doctrina Monroe (América para los americanos, bajo el sobreentendido de que América, la de todos, es para los americanos de Estados Unidos) había sido invocada para decenas de intervenciones militares en Iberoamérica: Panamá, República Dominicana, Colombia, Honduras… ¿Y terminada la guerra fría? Lo mismo. El 3 de enero de 1990, hace exactamente 36 años, George Bush padre lanzó la invasión de Panamá y secuestró al dictador Manuel Noriega, que había sido agente encubierto de la CIA cuando el mismo Bush padre dirigía la agencia. En 1998, Bill Clinton mandó bombardear Sudán sin otro motivo aparente que distraer la atención de los estadounidenses en pleno escándalo Lewinsky. Y así han venido funcionando el derecho internacional y la llamada multilateralidad. No hace falta que hablemos del genocidio que Israel inflige a los palestinos, con el apoyo de Estados Unidos y la aquiescencia de varios países europeos, empezando por Alemania. Ahí, en la cuestión palestina, las potencias impotentes (la Unión Europea es el ejemplo más claro) no sólo invocan el derecho internacional. También insisten en la fantasmagoría de “la solución de dos Estados”, algo ya imposible porque Israel se ha comido todo el territorio disponible. La única diferencia con el pasado es la desfachatez. Hasta hace poco, la simple mención de una deportación masiva retrotraía a episodios muy oscuros de la historia humana: el genocidio de los nativos en Norteamérica, el comercio de esclavos, el genocidio armenio a manos de los turcos o las atrocidades cometidas por Josif Stalin contra su propia población, por citar algunos ejemplos. Ahora se ganan elecciones con la promesa (o la ejecución) de deportaciones masivas de inmigrantes. O de nativos, como en el caso de Palestina. La Unión Europea y un puñadito de países tan civilizados como impotentes se han quedado solos invocando el derecho internacional. En el mundo no rige otra ley que la fuerza, como saben muy bien Donald Trump y Vladimir Putin. Ya puestos en el sarcasmo, el próximo Premio Nobel de la Paz debería ser entregado, ex aequo , a los dos.