CORREN tiempos de desmesura y tremendismo, como esa vida exagerada que Alfredo Bryce Echenique imaginó para su Martín Romaña. Por iniciativa de José María Izquierdo, Jacinto Ilusión como oportuno pseudónimo literario, tres ateneístas montaron en 1918 la primera Cabalgata de Reyes para repartir «junto a algunos otros jinetes e infantes con sus séquitos, con la añadidura de unos cuantos burros, juguetes y dulces a los niños desvalidos o enfermos acogidos en los diversos asilos, hospitales y orfelinatos». Se requiere mucha finura para enhebrar de esa manera el Evangelio con la sonrisa infantil y para hacer pasar la caridad por arte de magia. Cualquier parecido con el alud hortera, solipsista, torrencial y orgiástico de nuestros días es pura coincidencia. Seguramente, la... Ver Más