Empieza el año como si nada. Una nada densa, atenta y a la expectativa. Por supuesto hablo de política. Preocupa a todos. Porque antes siempre había alguien que proclamaba: «Paso de política». Solía ser un primo anarquista o, comúnmente, el amigo más de derechas que el grupo admitía. Y era más o menos cierto: pasaban de política, consideraban que daba igual, que les era algo ajeno, que el destino más noble era la abstención, la ausencia existencial. Ahora no es así: quien proclame que pasa de política, no tenga usted dudas, es el más politizado y es más que probable que vote a la ultraderecha. No es cinismo: es la consecuencia lógica de un cálculo que considera que castigar y disolver, los dos grandes objetivos de las mentes luminosas, encuentran cumplido su objetivo con este razonamiento y esa decisión. No hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria, que dijo alguien, aunque en otras circunstancias. Y los radicales apáticos de nuestra época, nada abstencionistas, son más revolucionarios de lo que parecen. Porque consideran que los programas reformistas conducen a la sequedad, a la tristeza. Es la pirotecnia de Trump, de Albiol, de Netanyahu o de Millei lo que nos sacará de este sopor. Esos líderes de la estirpe Herodes. Que ya está bien de inocentes. Y, como tendría Herodes, Vox y sus gnomos de alquiler también saben qué banderas enarbolar para que lo que llamamos democracia yazga por los suelos y en los malos sueños.