Venezuela: un largo viacrucis

Sábado tres de enero de 2026. Madrugada en Venezuela, primeras explosiones y suena mi teléfono. Es mi hermana menor, la única que me queda a la distancia de los 6.700 kilómetros que separan Caracas de Sevilla. La población venezolana lleva años esperando que pase algo, no se sabe bien qué, pero algo. Intentan olvidar agrupándose en círculos concéntricos de personas allegadas, nutriéndose del amor de amigos y familiares que llevan en su sangre esa impronta de calor humano de aquellas tierras. Todo está cada vez más caro, no alcanza el dinero, los problemas de seguridad se mantienen. Unos afrontan esto desde la convicción de que hay que adaptarse para poder subsistir, intentando vivir con dignidad. Otros, muy pocos, lo encaran desde la opulencia del régimen que los ampara o desde la solvencia económica de las siempre existentes diferencias entre clases sociales en el país. Hay en Caracas tiendas de productos de lujo de todo tipo incluyendo un concesionario Ferrari con sala de exhibición, taller y posibilidad de personalizar los autos. Abunda el dinero fresco que se sabe no puede salir del país y nadie se atreve a preguntar de dónde procede.