En sus dominios

Estados Unidos ha detenido al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en su propio palacio presidencial. Tras la victoria, el presidente estadounidense, Donald Trump, compareció para explicar lo ocurrido ante los medios de comunicación y lo hizo en su mansión particular de Florida, Mar-a-Lago, que es, en realidad, algo parecido a un hotel de lujo de su propiedad. Como en realidad esa intervención fue un acto de conmemoración del triunfo, el lugar no es accesorio. Es un lugar de Trump, no del Estado, sin historia previa de otros presidentes. Hortera, también con un escenario un tanto improvisado con una cortina azul. Nada de un gran escenario institucional, como el que usó Obama tras la ejecución de Bin Laden o Bush Jr. en un portaaviones. Ahora, el poder se exhibe desde dominios privados y en un discurso en el que se presumió lo primero de esa fuerza y de forma cristalina se amenazó con otra intervención si no se produce un transición que ayude a que empresas de Estados Unidos exploten el petróleo de Venezuela. Billones de dólares que les robaron. Ignoro las consecuencias que tendrá lo ocurrido para los venezolanos y nadie siente mucho lo ocurrido con Maduro. El mensaje en ningún momento planteó valores que, hasta hace pocos, era de los que presumía Estados Unidos: no se habla de llevar libertad o democracia sino de dinero.