Ese día empezó como tantos otros de diciembre en Mallorca: una comida larga, sin prisas, con sobremesa y risas, que se alargan más de lo previsto. Acabé en un tardeo en una antigua possessió mallorquina reconvertida en espacio para eventos. Música, luces cálidas, copas en la mano y ese aire festivo que mezcla tradición y modernidad sin pedir permiso.