La mayoría de la gente cree desde siempre que la belleza es una característica de ciertos objetos, lugares y criaturas que resultan muy gratas de ver, muy atractivas, lo que provoca raras emociones al observador, y hasta la pérdida de sus facultades cognitivas. Emociones poéticas, por decir algo. A fin de entender este irracional fenómeno ante la contemplación de dichas cosas, los clásicos griegos desarrollaron toda una disciplina filosófica, la estética, que viene a ser la madre del cordero. Y desde luego, la belleza siguió siendo una característica externa de ciertos objetos, imágenes, ecuaciones, frases o personas, y no un invento humano. Lo cual no es cierto. Es un disparate. Porque la belleza es sobre todo una palabra, ese gran invento, y como tal sólo existe en el cerebro de nuestra especie, que lleva milenios elaborando el concepto. Que generalmente consideremos bellas las mismas cosas que atraen irresistiblemente a una mariposa, un pájaro o una rata (flores, frutas, aguas cristalinas) carece de importancia, puesto que sólo nosotros sabemos por qué y ellos no. Porque son hermosas. Una idea asombrosa, un invento extraordinario para hacer menos trágica, y aburrida, nuestra vana existencia.