Donde mejor se comprueba lo desorientados que estamos en relación con la naturaleza de la política es en las connotaciones negativas que tiene esa palabra. La historia de la democracia es la historia de una progresiva politización, del aumento de las cosas que, previamente decididas por la tradición, por uno o unos pocos, se politizan, es decir, se convierten en objeto de pública discusión, decisión colectiva y libre configuración. Los padres fundadores de la democracia tuvieron que luchar para que muchas cosas que venían dadas fueran decididas. Pese a ello, politizar es para muchos de nuestros contemporáneos introducir la discordia donde antes reinaba una apacible armonía. Me temo que buena parte del éxito del término polarización se debe a que contrasta sobre un transfondo imaginado de acuerdo y sentido común que no existe o no en la medida deseada por los que temen al disenso más que a cualquier otra cosa. Otro ejemplo de banalización habitual de la política es el intento de desacreditar una acción aludiendo a motivos políticos, es decir, que atender a criterios políticos no sería una razón justificatoria sino la tapadera de objetivos espurios, como si un agente económico quisiera ganar dinero o un escritor que sus libros fueran leídos.