El Año Nuevo acaba de posarse suave y esperanzado en nuestras manos y, ojalá, en nuestro corazón. A la hora de los brindis, hemos dejado a un lado los problemas y las incógnitas, pensando en positivo y contemplando el futuro con optimismo. No podemos vivir angustiados y pesarosos, con aire de derrota permanente. Hace unos días, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, nos avisaba de un «cambio de época» en el que aparece un «fuerte timbre de alarma» porque se manifiesta que «los poderes no quieren ser controlados y los fines parecen querer controlar los medios». Argüello ha expresado su deseo de que este paso en el tiempo que damos con el cambio de año, nos sirva para dar un paso adelante en nuestras familias y nuestros entornos, pero también en nuestras vidas personales: «Vivir una vida que ayude al reconocimiento de la dignidad humana y del bien común, humildemente, colaborando en las cosas como buenos ciudadanos y aportando nuestro criterio de sentido de la vida, nuestros criterios éticos y, sobre todo, nuestro compromiso de arrimar manos y hombro a favor de la dignidad y del bien común». Por su parte, la liturgia de este segundo domingo de Navidad que celebramos hoy nos sitúa ante un texto evangélico profundo y complejo, el Prólogo de Juan, cuyas palabras necesitan ser saboreadas con hondura. El término «palabra» que aparece en la primera frase del evangelio de hoy se puede traducir de muchas maneras. No es fácil encontrar una palabra que encierre toda la riqueza de ese término. En este sentido, ayuda mucho la propuesta que hacen algunos lingüistas que defienden traducirlo así: «En el principio existía la voluntad (de Dios) de comunicar». También la traducción de la filósofa Simone Weil: «En el principio era la relación», que expresa el intenso deseo de Dios de venir a nuestro encuentro y revelarse amorosamente a nosotros. El evangelista afirma la divinidad de Jesús y la vinculación de todo lo creado con Él, también con nosotros, llamados a descubrir la cercanía de nuestro Dios: «Viniendo al mundo... vino a su casa». El espacio que habitamos y compartimos con el resto de criaturas es la casa de la Segunda Persona, somos el hogar de Dios. Hogar como espacio de encuentro, de diálogo, de calor y crecimiento. Así Dios es «Dios con nosotros», Dios que nos ama, Dios que camina con nosotros. Este es el mensaje de la Navidad: «El Verbo se ha hecho carne». La Navidad nos revela el amor inmenso que Dios siente por la humanidad. De ahí también deriva nuestro entusiasmo, nuestra esperanza de cristianos, que nos sabemos amados, visitados y acompañados por Dios a pesar de nuestros pecados. Con el nacimiento de Jesús nació también una promesa nueva, un mundo nuevo, un mundo que puede renovarse continuamente. Dios siempre está presente para que el hombre se renueve. Esta cercanía de Dios al hombre, a cada hombre, a cada uno de nosotros, es un don para siempre. ¡Él está con nosotros! ¡Él es Dios con nosotros!