El pasado 28 de diciembre tuve la necesidad de visitar como enfermo las urgencias del hospital comarcal que me corresponde. Y me he sentido muy agradecido por el trato recibido por parte de todo el personal que me atendió. Pero, como médico jubilado que soy, no puedo pasar por alto un hecho muy preocupante, pero que pasa desapercibido para la gente corriente: la sobreexplotación del médico residente. M.D., la joven médica que me visitó, es una residente de familia de segundo año, una R2, en nuestra jerga. Eran las cinco de la tarde y aún no había almorzado. Entre paciente y paciente mordisqueaba un bocata de tortilla y le daba un trago a su botellita de agua. «Tampoco podré cenar, tal como veo la cosa. Hasta las doce de la noche no creo que pueda levantar el culo del asiento. Somos solamente tres residentes». Totalmente inaceptable. Las urgencias hospitalarias no pueden ser manejadas por residentes tan bisoños, no están preparados para ello. No es admisible el trabajo a revienta calderas, sin tiempo para distender, estirar las piernas, charlar con los compañeros... ¡Ni para comer! Las urgencias son las únicas unidades asistenciales hospitalarias que no poseen una plantilla médica completa y han de utilizar a los residentes para cubrir huecos, como mano de obra barata. Creo que los ciudadanos deben de conocer estos hechos y protestarlos en donde proceda.