Seguir el concierto de Año Nuevo en Viena se ha convertido en un tributo al padre. Para un empleado de banca cargado con tres churumbeles, carne de pluriempleo, presenciar allá por los sesenta la cadencia en los compases en torno a los Strauss, que llegaban desde la Sala Dorada, se convertía en un regalo de los dioses. Jamás dejó de acudir al encuentro en la salita de casa.