A mí no me gusta vivir en un orden mundial en el que la hegemonía de las bombas nucleares reemplaza a la diplomacia y al derecho. No me gusta el mundo de los ‘strongmen’, donde las viejas alianzas ya no significan nada y reina la ley de la selva. Los vestigios del orden que emergió tras la Segunda Guerra Mundial han sido enterrados bajo los escombros de unas Naciones Unidas cada vez más irrelevantes. Ahora nos toca digerir el reverdecer con esteroides de la doctrina Monroe y del nuevo patio trasero.