En la primera mitad de la década pasada, en la sexta planta del Hospital de Cruces, fueron coincidiendo Ekaitz, Julen, Kepa, Álex, Gonzalo y otros niños junto a sus familiares. El cáncer les puso a todos ellos contra las cuerdas. Se adentraron en un mundo desconocido en el que bastante tenían con lidiar a diario con una apisonadora que estaba aplastando sus vidas. Susana del Amo (Durango, 1972) se sentía en medio de un huracán. “No sabes por dónde empezar. Nunca esperas que tu hijo vaya a tener cáncer porque es un niño sano que no presenta ninguna sintomatología. El único pensamiento que se te pasa por la cabeza es que no se muera. Es lo único a lo que te agarras”, explica.