Un peregrino bajo la nieve: el Camino de la Navidad

A principios del mes de diciembre, desde hace cinco años, emprendo el Camino de Santiago para llegar a Galicia el día 24, celebrar la Nochebuena y la Navidad en Cebreiro, y terminar la ruta jacobea el día 31, tomando las uvas en la plaza del Obradoiro, dando la bienvenida al nuevo año en Compostela. Es el Camino de la Navidad.. Es imposible no emocionarse al alcanzar -tras haber recorrido durante doce días trescientos cincuenta kilómetros- primero el monolito que marca la entrada a Galicia y más tarde llegar Cebreiro, la aldea que da la bienvenida a los peregrinos en tierras gallegas. Y más aún -no solo porque corra sangre gallega por mis venas- sino, como ha ocurrido este año, por haber podido realizar una de las etapas más exigentes, duras y bellas de la ruta jacobea, veintiocho kilómetros de ascensión desde Villafranca del Bierzo, caminando por nieve y hielo. Cada camino tiene su momento mágico. Y ese momento mágico, el primero, llegó el día 24 de diciembre, cuando entré, entramos, a Cebreiro, con sus calles heladas, las casas de piedra y pizarra cubiertas por la nieve, envuelto por la niebla y a cero grados de temperatura. Y no solo por el fascinante paisaje, sino por poder celebrar, un año más, la Nochebuena y la Navidad, en la villa donde en los años ochenta del pasado siglo XX renació el Camino de Santiago y nació un símbolo universal, la Flecha Amarilla, gracias al sacerdote Elías Valiña. En Cebreiro la Nochebuena y la Navidad son especiales. Primero, por la misa y bendición del peregrino que realiza en Nochebuena fray Paco en la iglesia de Santa María y que termina con un chocolate que prepara Mila y su familia, de la Casa Brañego, para los peregrinos que pasamos la noche en las cumbres montañosas, en esta ocasión veinte caminantes venidos desde diferentes partes del mundo. Y después, por la comida el día de Navidad, que nos prepara en su casa José Manuel, sobrino de Elías Valiña, en Artesanía Grial, que siguiendo los valores que dejaron sus padres, nos brinda su hospitalidad y ayuda a los peregrinos en el único lugar abierto cuando todo está cerrado en la aldea. Un día, el de Navidad, en el que por la tarde espero -junto con Antonio de Guipúzcoa, Mauricio de Italia y Miguel de Cádiz-, la llegada del resto de peregrinos, con los que desde hace cinco años camino en navidades. Paco, Susana, Carlos, Pancho de Galicia, Alfredo de Sevilla, Luis y Pepe de Cuenca, Gonzalo de Madrid, Carmiña y Juan de China, son algunos de ellos. Desde hace treinta años emprenden el camino en Cebreiro -con sus gaitas, tambores y panderetas-, hasta Compostela. Y no se confunda, amigo lector, este grupo, mi familia de peregrinos, no tiene, no tenemos, un carácter profano, ni lúdico, por estar marcado por la música. Siempre me preguntan: ¿Sois los 'gaiteros'? Y siempre respondo: No, somos peregrinos, familia de amigos, que se ha conocido en el camino y que hemos decidido caminar juntos en navidades con un propósito, una intención, con un espíritu religioso y espiritual, siempre agradecidos, siempre con respeto, con alma y corazón, con los valores del Camino de Santiago. Desde Cebreiro, ya en grupo, caminamos por la nieve ascendiendo el Alto de San Roque y el Alto del Poyo, pasando por Hospital y Fonfría, haciendo un alto en Biduedo, en Casa Xato —donde María y su familia nos reciben con cariño para almorzar— y más tarde, descender, con alguna caída por el hielo, hasta Triacastela y Pintin. Durante la siguiente jornada la senda prosigue primero a Sarria para disfrutar del pulpo en las carpas del mercadillo semanal, y terminar la jornada en Ferreiros, con una cena especial en O Mirallos. Natalia y su familia nos preparan el mejor caldo y cocido gallego del camino. La ruta continúa, a primera hora de la mañana, en la oscuridad de la noche, cruzando el río Miño y llegando a Portomarín, ascendiendo por corredoiras entre la niebla hasta Gonzar, atravesando bosques hasta Ventas de Narón, y volviendo a subir y baja a Ligonde hasta llegar a Palas de Rey, la que fuera conocida como Palatium Regis, donde estuvo el palacio real del rey visigodo Witiza. La siguiente etapa transcurrió soleada por las corredoiras que hacen de frontera entre las provincias lucense y coruñesa para llegar a Furelos, y a su puente medieval, donde se reúne todo el grupo en A Taberna, para más tarde llegar a Melide y la Pulpería Ezequiel, en la que Mercedes, al igual que sus padres, desde 1960, ofrece el mejor pulpo del camino a viajeros, caminantes y peregrinos. El camino sigue hasta Arzúa y más tarde, en la siguiente etapa, brinda los mejores amaneceres de la ruta, los invernales, rumbo hasta Pedrouzo y Lavacolla. El día 31 de diciembre llegamos a media mañana a Santiago de Compostela. Entramos juntos al Obradoiro, y tras dar las gracias al apóstol en la catedral, nos reunimos todos al son de las gaitas y panderetas en un bar compostelano, permítame amigo lector que no diga el nombre, esto no es una fiesta. Un día, el último que terminamos, tomando juntos las uvas, despidiendo al viejo año y dando la bienvenida al nuevo año, en la plaza del Obradoiro. Caminar en Navidad, con mi familia de peregrinos, un año más, ha sido un regalo, un camino especial y mágico. El camino en invierno es diferente a todo. Los pasos, la respiración y los latidos del corazón suenan con más fuerza. El frío, la lluvia, el barro, la nieve y el hielo están presentes a cada paso. Se recorren senderos solitarios y calles vacías. Atraviesas aldeas y ciudades silenciosas. Solo están al pie del Camino los que están desde hace décadas, desde que renaciera el Camino en los años ochenta del pasado siglo XX, manteniendo viva la llama de la hospitalidad, la espiritualidad y religiosidad, los valores de la milenaria ruta jacobea. Si Dios quiere, el año que viene volveré al Camino. Y es que en estas navideñas fechas el Camino es mi vida, mi mochila, mi hogar, y los peregrinos, con los que llevo compartiendo cinco años el Camino en Navidad, mi familia.